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dos figuras entreveradas y gesticulantes y el Oscuro sacude
furiosamente la melena de la vieja hasta que el Chiquito queda
libre y se levanta. Pero la vieja salta tras ellos, los alcanza, los
araña y el sargento listo, Pesado, se fueron. Siempre apuntando
a los dos hombres retroceden, se deslizan sobre los talones y
los aguarunas se levantan al mismo tiempo y avanzan imanta-
dos por los fusiles. La vieja brinca como un maquisapa, cae y
apresa dos pares de piernas, el Chiquito y el Oscuro tras-
tabillean, Madre de Dios, caen también y que la madre Patro-
cinio no diera esos grito. Una rápida brisa viene del río, escala
la pendiente y hay activos, envolventes torbellinos anaranjados
y granos de tierra robustos, aéreos como moscardones. Los dos
aguarunas se mantienen dóciles frente a los fusiles y el barran-
co está muy cerca. ¿Si se le aventaban, el Pesado disparaba? Y
la madre Angélica bruto, podía matarlos. El Rubio coge de un
brazo a la chiquilla del pendiente, ¿por qué no bajaban, sargen-
to?, a la otra del pescuezo, se le zafaban, ahorita se le zafaban y
ellas no gritan pero tironean y sus cabezas, hombros, pies y
piernas luchan y golpean y vibran y el práctico Nieves pasa
cargado de termos: que se apurara, don Adrián, ¿no se le que-
daba nada? No, nada, cuando el sargento quisiera. El Chiquito y
el Oscuro sujetan a la vieja de los hombros y los pelos y ella
está sentada chillando, a ratos los manotea sin fuerza en las
piernas y bendito era el fruto, madre, madre, de su vientre y al
Rubio se le escapaban, Jesús. El hombre del tatuaje mira el
fusil del Pesado, la vieja lanza un alarido y llora, dos hilos
húmedos abren finísimos canales en la costra de polvo de su
cara y que el Pesado no se hiciera el loco. Pero si se le aventaba,
sargento, él le abría el cráneo, aunque fuera un culatazo, sar-
gento, y se acababa la broma. La madre Angélica retira el pa-
ñuelo de su boca: bruto, ¿por qué decía maldades?, ¿por qué se
lo permitía el sargento?, y el Rubio ¿podía ir bajando?, estas
bandidas lo despellejaban. Las manos de las chiquillas no lle-
gan a la cara del Rubio, sólo a su cuello, lleno ya de rayitas
violáceas, y han desgarrado su camisa y arrancado los boto-
nes. Parecen desanimarse a veces, aflojan el cuerpo y gimen y
de nuevo atacan, sus pies desnudos chocan contra las polainas
del Rubio, él maldice y las sacude, ellas siguen sordamente y
que la madre bajara, qué esperaba, y también el Rubio y la
madre Angélica ¿por qué las apretaba así si eran niñas?, de su
vientre Jesús, madre, madre. Si el Chiquito y el Oscuro la solta-
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