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Estaba sentado en una especie de bar igual que otros bares que había
                                       encontrado en las callejuelas estrechas de la ciudad. Algunas personas
                                       fumaban una pipa gigante que se pasaban de boca en boca. En pocas
                                       horas había visto a hombres cogidos de la mano, mujeres con el rostro
                                       cubierto y   sacerdotes que subían a altas torres y comenzaban a cantar,
                                       mientras todos a su alrededor se arrodillaban y golpeaban la cabeza
                                       contra el suelo.
                                          «Cosas de infieles», se dijo. Cuando era niño, veía siempre en la
                                       iglesia de su aldea una imagen de Santiago Matamoros en su caballo
                                       blanco, con la espada desenvainada y figuras como aquéllas bajo sus
                                       pies. El muchacho se sentía mal y terriblemente solo. Los infieles
                                       tenían una mirada siniestra.
                                          Además de eso, con las prisas de viajar, se había olvidado de un
                                       detalle, un único detalle que podía alejarlo de su tesoro por mucho
                                       tiempo: en aquel país todos hablaban árabe.
                                          El dueño del bar se aproximó y el muchacho le señaló una bebida
                                       que había servido en otra mesa. Era un té amargo. Hubiera preferido
                                       beber vino.
                                          Pero no debía preocuparse por eso ahora. Tenía que pensar
                                       exclusivamente en su tesoro y en   la manera de conseguirlo. La venta
                                       de las ovejas lo había dejado con bastante dinero en el bolsillo, y el
                                       muchacho sabía que el dinero era mágico: con él nadie está solo jamás.
                                       Dentro de poco, quizá unos pocos días, estaría junto a las Pirámides.
                                       Un viejo con todo aquel oro en el pecho no tenía necesidad de mentir
                                       para obtener seis ovejas.
                                          El viejo le había hablado de señales. Mientras atravesaba el mar,
                                       había estado pensando en las señales. Sí, sabía a qué se refería: durante
                                       el tiempo en que estuvo en los campos de Andalucía se había
                                       acostumbrado a leer en la tierra y en los cielos las condiciones del
                                       camino que debía seguir. Había aprendido que cierto pájaro indicaba
                                       la cercanía de alguna serpiente, y que determinado arbusto era señal de
                                       la presencia de agua a pocos kilómetros. Las ovejas le habían enseñado
                                       todo eso.
                                          «Si Dios conduce tan bien a las ovejas, también conducirá al
                                       hombre», reflexionó, y se quedó más tranquilo. El té parecía menos
                                       amargo.
                                          -¿Quién eres? -oyó que le preguntaba una voz en español.
                                          El muchacho se sintió inmensamente aliviado. Estaba pensando en
                                       señales y alguien había aparecido.





































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