Page 77 - llano en llamas
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-¡Monsergas!

                            -¿Qué dices?


                            -Adentro de la hija de Anacleto Morones estaba el hijo de Anacleto Morones.


                            -Eso tú lo inventaste para achacarle cosas malas. Siempre has sido un invencionista.

                            -¿Sí? Y qué me dicen de las demás. Dejó sin virgenes esta parte del mundo, valido de que siempre
                    estaba pidiendo que le velara sueño una doncella.

                            -Eso lo hacía por pureza. Por no ensuciarse con el pecado. Quería rodearse de inocencia para no
                    manchar su alma.

                            -Eso creen ustedes porque no las llamó.


                            -A mi sí me llamó -dijo una a la que le decían Melquiades-. Yo le velé su sueño.

                            ¿Y qué pasó?


                            -Nada. Sólo sus milagrosas manos me arroparon en esa hora en que se siente la llegada del frío. Y
                    le di gracias por el calor de su cuerpo; pero nada más.


                            -Es que estabas vieja. A él le gustaban tiernas; que se les quebraran los guesitos; oír que tronaran
                    como si fueran cáscaras de cacahuate.

                            -Eres un maldito ateo, Lucas Lucatero. Uno de los peores.


                            Ahora estaba hablando la Huérfana, la del eterno llorido. La vieja más vieja de todas. Tenía lagrimas
                    en los ojos y le temblaban las manos:


                            -Yo soy huérfana y él me alivió de mi orfandad, volví a encontrar a mi padre y a mi madre en él. Se
                    pasó la noche acariciándome para que se me bajara mi pena.


                            Y le escurrían las lágrimas.

                            -No tienes, pues, por qué llorar -le dije.


                            -Es que se han muerto mis padres. Y me han dejado sola. Huérfana a esta edad en que es tan dificil
                    encontrar apoyo. La única noche feliz la pasé con el Niño Anacleto, entre sus consoladores brazos.
                    Y ahora tú hablas mal de él.


                            -Era un santo.

                            -Un bueno de bondad.


                            -Esperábamos que tú siguieras su obra. Lo heredaste todo.
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