Page 10 - Ciencia Ficción - Selección 01
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radio, a todo volumen. No era una canción que
agradase especialmente a Birdie Ludd, pero estaba
catalogada en el tercer lugar del listado de éxitos del
país, y eso quería decir algo. La muchacha tenía un
traserillo bastante atractivo; Birdie pensó que la
chica iba a hacer estallar las costuras de su
pantaloncito de calle. Trató él de abrir la estrecha
ventana que comunicaba la escalera con el patio de
ventilación, pero se hallaba atascada. Retiró las
manos cubiertas de hollín, y lanzó débilmente una
maldición. «¡Ni siquiera puedo oír lo que pienso!»,
aulló el hombre por el patio.
Al oír que alguien subía, Birdie se sentó, abrió su
libro de texto e hizo como que estaba leyendo.
Pensó que tal vez sería Milly (fuera quien fuese,
usaba tacones altos), y en la garganta comenzó a
hacérsele un nudo. En el caso que fuera Milly, ¿qué
iba a decirle él?
Pero no era Milly. Tan sólo se trataba de una
anciana que llegaba cargando con el bolso de la
compra. Se detuvo en el rellano, debajo de Birdie, se
apoyó en la baranda, suspiró y dejó en el suelo la
bolsa. Luego se colocó un palillo rosado de Oralina
entre los fláccidos labios, y al cabo de unos
segundos sonrió a Birdie. Éste frunció el ceño y se
enfrascó en la contemplación de una mala
reproducción de La Muerte de Sócrates, de David,
que figuraba en su texto.
—Estudiando, ¿verdad? —inquirió la anciana.
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