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El Mundo de Roche Robert L. Forward
suavemente a causa de las corrientes de aire pero
no cayó hacia Roche ni hacia Eau.
—Gravedad cero —anunció.
—Ahora que el sol está brillando sobre Eau, el
amoniaco empezará a hervir y el viento soplará
en dirección contraria —dijo George—. Si
queremos sacar algunas muestras o hacer
mediciones, será mejor que lo hagamos pronto,
antes de que empiecen a formarse las olas.
—¿Bajamos ahora? —preguntó Arielle,
mientras conectaba las hélices de ascenso. El
avión ganó velocidad y al cabo de pocos minutos
estaba flotando sobre la superficie de la punta
redondeada de océano que coronaba Eau. La
gravedad había aumentado hasta medio g y las
cosas volvían a adquirir su orientación normal.
La única diferencia era que, ahora, sobre sus
cabezas había una montaña de roca en vez de
una montaña cónica de agua.
—Tres metros sobre la superficie —dijo
Arielle—. El viento está amainando.
—Baja el sonar, Jill —ordenó Shirley. Hubo un
sonido de bombeo procedente del vientre de la
nave mientras un pequeño y denso equipo de
generación de sonido y detección emergía de una
escotilla en la parte baja del vehículo y entraba
con un chapoteo en el agua.
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