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El Mundo de Roche Robert L. Forward
Barnard se puso tras Eau. Observaron cómo
desaparecía y, acto seguido, Arielle llevó a la
Libélula Mágica al otro lado para esperar el
amanecer, que tendría lugar dos horas más tarde.
La colocó a máxima altitud en el cuello de
atmósfera que separaba ambos planetoides.
Permanecieron allí, descansando y comiendo
algo hasta que volvió a salir el sol tras Eau.
—¡Uau! ¡Mirad qué olas! —dijo George.
—El paraíso de un surfista —dijo Shirley.
—Su purgatorio —dijo David—. Esas olas son
tan grandes que no podrías cabalgar sobre ellas,
aunque no necesitaras el traje para sobrevivir.
—De todos modos, sería divertido intentarlo —
dijo George—. Si pudiste manejar las grandes
olas de Makaha, deberías poder con éstas,
especialmente con gravedad reducida. Tú
imagínatelo, un vuelo de cien kilómetros a lomos
de una ola de treinta metros.
—Hasta que llegases a la cima —le recordó
David.
—Sí... la cima... —dijo George al tiempo que
contemplaba por la ventana la ladera iluminada
de la montaña. Calentado por Barnard, el océano
de amoniaco había aumentado de temperatura y
el amoniaco se había evaporado en la atmósfera.
Como consecuencia, la presión en Eau había
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