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75 años
rrección moral. Con esto no quiero decir, claro está, que alguno de nosotros
hubiera echado mano de ellos. La tentación empero estaba siempre al acecho
de cualquier flaqueza personal en términos morales, de la menor claudica-
ción al respecto, que nunca llegué a percibir.
No sería oportuno reseñar aquí el laberíntico proceso político y jurídico
que condujo al Síndicato del Personal Académico (SPAUNAM) y a las Aso-
ciaciones Autónomas del Personal Académico (AAPAUNAM) a pactar con la
autoridad universitaria la revisión periódica y bilateral del título XIII del Es-
tatuto del Personal Académico, dictado por la legítima y legal investidura del
Consejo Universitario. Baste decir que el diferendo sobre la titularidad de ese
convenio colectivo sui generis, desembocó en una penosa huelga, que el 7 de
julio de 1977 se vió intervenida por la fuerza pública. La fractura fue dolorosa
pero no incurable.
A lo largo del proceso, los investigadores adscritos al pequeño Depar-
tamento de Derecho del Trabajo y Seguridad Social pusimos, con Santiago
Barajas Montes de Oca (amigo de la infancia de mi padre), Porfirio Marquet
y Felipe Rodríguez, especialistas sobresalientes en la materia, nuestro mejor
empeño por construir las fórmulas que permitieran llegar, bajo el régimen
autónomo y la naturaleza esencial del trabajo académico, al debido reconoci-
miento y vigencia plena del contenido principal del artículo 123 de la Consti-
tución y de la Ley Federal del Trabajo. La tarea resultó muy compleja en todos
sentidos. El abogado general Diego Valadés actuó eficaz y con muy sólidos
argumentos, legales, jurisprudenciales y doctrinales, lo que hizo de aquel lar-
go y sinuoso camino una escuela de buen sentido y buena fe, que contuvo la
secesión irreversible. Ello no ocurrió y con Diego el Instituto puede ufanarse
de su decisivo papel para impedirlo en aquellos críticos años.
La casa común, la de los Siete Pilares de la Sabiduría, siguió su marcha
académica y conquistó logros científicos y técnicos. El Observatorio Astro-
nómico de San Pedro, en la sierra de Baja California, erigido a base de ciencia
y paciencia por Arcadio Poveda fue, legítimamente, uno de los mayores or-
gullos de un rectorado ejemplar. La fabricación del cóncavo espejo en la alta
serranía constituyó una proeza técnica, reconocida internacionalmente. El
buque oceanográfico (“El Puma”) cuya construcción y primera riesgosa sin-
gladura fueron un triunfo más, dan para una historia singular. Aquí sólo digo
que, habiéndome encomendado Diego el expediente en mi calidad de director
general de Asuntos Jurídicos, la documentación relativa colmaba, de piso a
techo, toda una oficina departamental. El buque estuvo a punto de naufra-
gar en el Canal de la Mancha y chocó, entrando al Canal de Panamá, contra
un inmenso carguero. Las fotografías del accidente tienen algo de chusco y
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