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Mis recuerdos de Ana Vega Pérez
José María Serna de la Garza
odría hablar de muchos recuerdos que tengo de mi paso por el Instituto
de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Tengo recuerdos de cuando
Pingresé, específicamente del día en que visitando a mi amigo José Luis
Vázquez Alfaro, éste me preguntó si quería yo que me presentara con el enton-
ces director, José Luis Soberanes, para ver la posibilidad de entrar a trabajar
como investigador. Le dije que sí, y en cinco minutos ya estábamos en la oficina
del director, con quien tuve una amena charla. Después de esta primera entre-
vista, se dieron las cosas para que yo ingresara como investigador del Instituto.
Recuerdo también algunas cosas chuscas, como el alacrán que salió de-
trás de una caja que estaba en el cubículo del doctor José Ordóñez Cifuentes,
persiguiéndolo por el pasillo del segundo piso poniente hasta que el temible
arácnido fue detenido por el zapato de una de las secretarias del área (Azu-
cena León), o bien el sofisticado sistema para el control de plagas que alguna
vez hubo en el Instituto, consistente en un par de gatos.
También tengo gratos recuerdos de algunas charlas que tuve con Guiller-
mo Margadant cuando prácticamente sin conocerme, me apoyó e impulsó
para que me hiciera cargo de sus cátedras de derecho mexicano y derecho
latinoamericano en la Escuela de Derecho de la Universidad de Texas, en
Austin. ¡Qué capacidad de este hombre para emplear el humor, la agudeza y
la ironía, esas armas tan poderosas, en contra de la intolerancia, el fanatismo
y la simulación, los grandes enemigos del admirado maestro! Y tengo memo-
rias muy tristes, como aquel día anterior a su fatal operación quirúrgica, en
que Jorge Carpizo me comentó acerca de las actividades que tenía planeadas
para el tiempo que estuviera en recuperación: ver películas y leer novelas.
Pero en estos comentarios me voy a concentrar en otras de mis memorias,
relativas a esa admirable mujer que fue Ana Vega. Y comenzaré recordando
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