Page 303 - La Era Del Diamante - Neal Stephenson
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iría a la tolva junto con todo lo demás, hablando
mal.
—¿Se lo puedo dedicar a Elizabeth o no? —le
exigió Finkle‐McGraw.
—Por supuesto, señor.
Finkle‐McGraw sacó una pesada pluma de oro
de un estuche de su mesa y escribió en el libro
durante un rato.
—Hecho esto, señor, sólo queda que autorice
un fondo permanente para los ractores.
—Ah, sí, gracias por recordármelo —dijo Finkle‐
McGraw sin demasiada sinceridad—. Uno
pensaría que con todo el dinero invertido en el
proyecto...
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