Page 23 - El hombre ilustrado - Ray Bradbury
P. 23
Aquello no se iba. Masticó sin saborearla la carne
que les había preparado la mesa. La idea de la
muerte. Eran terriblemente jóvenes, Wendy y Peter,
para tener ideas sobre la muerte. No, la verdad,
nunca se era demasiado joven. Uno le deseaba la
muerte a otros seres mucho antes de saber lo que
era la muerte. Cuando tenías dos años y andabas
disparando a la gente con pistolas de juguete.
Pero aquello: la extensa y ardiente sabana africana,
la espantosa muerte en las fauces de un león… Y
repetido una y otra vez.
—¿Adónde vas?
No respondió a Lydia. Preocupado, dejó que las
luces se fueran encendiendo delante de él y
apagando a sus espaldas según caminaba hasta la
puerta del cuarto de jugar de los niños. Pegó la oreja
y escuchó. A lo lejos rugió un león.
Hizo girar la llave y abrió la puerta. Justo antes de
entrar, oyó un chillido lejano. Y luego otro rugido
de los leones, que se apagó rápidamente.
Entró en África. Cuántas veces había abierto
aquella puerta durante el último año
encontrándose en el País de las Maravillas, con
Alicia y la Tortuga Artificial, o con Aladino y su
lámpara maravillosa, o con Jack Cabeza de
Calabaza del País de Oz, o el doctor Doolittle, o con
la vaca saltando una luna de aspecto muy real —
todas las deliciosas manifestaciones de un mundo
22

