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El Mundo de Roche                                                                                                                       Robert L. Forward


                  —Mil kilómetros.


                  —Eso  es  imposible  —dijo  Arielle—.  En


               Gargantúa las cosas pueden ser enormes porque


               el planeta es enorme, pero un incremento tal de


               la altitud de las nubes en sólo unos pocos grados



               es imposible.


                  —Tienes razón —dijo George—. Pero ahí está.


               Lo que necesitamos es más luz.


                  —Puedo dárosla —dijo la voz de Jinjur a través


               del diablillo de George—. He estado observando


               vuestras  pantallas  a  través  de  la  consola  de


               control.  Algo  extraño  ocurre  en  las  regiones



               inferiores. En la próxima órbita lo enfocaré con


               algo de luz.


                  —¿Tenemos un reflector? —preguntó Arielle.


                  —Hasta que no eres un navegante lumínico ni


               se  te  ocurre  pensarlo  —dijo  George—.  Pero  si


               alguna vez has estado en una carrera de veleros


               fotónicos y has tenido que pagar una multa por


               perturbar la oscuridad de algún pueblo de Suiza


               enfocando sobre sus habitantes toda la luz del



               Sol en medio de una bordada ajustada, descubres


               enseguida que una vela fotónica es un estupendo


               reflector.  Y  nosotros  tenemos  uno  que  casi  es


               suficientemente grande para Gargantúa.


                  —Más  que  suficiente  —dijo  Jinjur—.  A  esta


               distancia podemos iluminar la mayor parte de la


                                                                                                         340
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