Page 718 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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Me encogí de hombros.


                  —A casa. 1891.


                  Hizo una mueca.


                  —Está perdido en la multiplicidad.


                  —Lo  sé.  —Entré  en  la  estructura—.


                  Viajemos  hacia  delante,  a  ver  qué


                  encontramos.



                  Miré por última vez el mar del Paleoceno.


                  Pensé  en  Stubbins  y  en  el  Diatryma


                  domesticado,  y  en  la  luz  del  mar  en  la


                  mañana. Y supe que allí había estado muy


                  cerca  de  la  felicidad,  una  satisfacción  que


                  me había eludido toda la vida. Pero Hilary


                  tenía razón: no era suficiente.



                  Todavía  sentía  deseos  del  hogar;  era  una


                  llamada  que  me  llegaba  por  el  río  del


                  tiempo, tan fuerte, pensaba, como el instinto


                  que obliga a un salmón a volver a su lugar


                  de nacimiento. Pero sabía, como había dicho


                  Nebogipfel,  que  mi  1891,  aquel  mundo


                  cómodo de Richmond Hill, se había perdido


                  en la multiplicidad truncada.


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