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El coronel no tiene quien le escriba
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            correos subió a la lancha, desató el saco y se lo echó a la espalda, el coronel lo tuvo a
            la vista.
               Lo persiguió por la calle paralela al puerto, un laberinto de almacenes y barracas con
            mercancías de colores en exhibición. Cada vez que lo hacía, el coronel experimentaba
            una ansiedad muy distinta pero tan apremiante como el terror. El médico esperaba los
            periódicos en la oficina de correos.
               -Mi esposa le manda preguntar si en la casa le echaron agua caliente, doctor -le dijo
            el coronel.
               Era un médico joven con el cráneo cubierto de rizos charolados. Había algo increíble
            en  la  perfección  de  su  sistema  dental.  Se  interesó  por  la  salud  de  la  asmática.  El
            coronel  suministró  una  información  detallada  sin  descuidar  los  movimientos  del
            administrador que distribuía las cartas en las casillas clasificadas. Su indolente manera
            de actuar exasperaba al coronel.
               El  médico  recibió  la  correspondencia  con  el  paquete  de  los  periódicos.  Puso  a  un
            lado  los  boletines  de  propaganda  científica.  Luego  leyó  superficialmente  las  cartas
            personales. Mientras tanto, el administrador distribuyó el correo entre los destinatarios
            presentes.  El  coronel  observó  la  casilla  que  le  correspondía  en el alfabeto. Una  carta
            aérea de bordes azules aumentó la tensión de sus nervios.
               El  médico  rompió  el  sello  de  los  periódicos.  Se  informó  de  las  noticias  destacadas
            mientras  el  coronel  -fija  la  vista  en  su  casilla-  esperaba  que  el  administrador  se
            detuviera  frente  a  ella.  Pero  no  lo  hizo.  El  médico  interrumpió  la  lectura  de  los
            periódicos.  Miró  al  coronel.  Después  miró  al  administrador  sentado  frente  a  los
            instrumentos del telégrafo y después otra vez al coronel.
               -Nos vamos -dijo.
               El administrador no levantó la cabeza.
               -Nada para el coronel -dijo.
               El coronel se sintió avergonzado.

               -No esperaba nada -mintió. Volvió hacia el médico una mirada enteramente infantil-.
            Yo no tengo quien me escriba.
               Regresaron en silencio. El médico concentrado en los periódicos. El coronel con su
            manera de andar habitual que parecía  la de un hombre que desanda el camino para
            buscar una moneda perdida. Era una tarde lúcida. Los almendros de la plaza soltaban
            sus  últimas  hojas  podridas.  Empezaba  a  anochecer  cuando  llegaron  a  la  puerta  del
            consultorio.
               -Qué hay de noticias -preguntó el coronel.
               El médico le dio varios periódicos.
               -No se sabe -dijo-. Es difícil leer entre líneas lo que permite publicar la censura.

               El  coronel  leyó  los  titulares  destacados.  Noticias  internacionales.  Arriba,  a  cuatro
            columnas,  una  crónica  sobre  la  nacionalización  del  canal  de  Suez.  La  primera  página
            estaba casi completamente ocupada por las invitaciones a un entierro.
               -No hay esperanzas de elecciones -dijo el coronel.
               -No sea ingenuo, coronel -dijo el médico-. Ya nosotros estamos muy grandes para
            esperar al Mesías.
               El coronel trató de devolverle los periódicos pero el médico se opuso.
               -Lléveselos para su casa -dijo-. Los lee esta noche y me los devuelve mañana.





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