Page 83 - La Frontera de Cristal
P. 83

Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal



               Ésta estaba llena de trabajadores. Se olvidó. Se rió de sí misma. Había escogido para estar
            sola el día en que iban a limpiar los cristales interiores del edificio. Lo habían anunciado a tiempo.
            Se olvidó. Ascendió sonriendo al último piso, sin mirar a nadie, como un pájaro que confunde su
            jaula con su libertad. Caminó por el pasillo del piso cuarenta —muros de cristal, puertas de vidrio,
            vivían suspendidos en el aire, hasta los pisos eran de un cristal opaco, el arquitecto era un tirano y
            había prohibido tapetes en su obra maestra de cristal—. Entró a su despacho, situado entre el
            pasillo de cristal y el atrio interior. No tenía vista a la calle. No circulaba el aire contaminado de la
            calle. Puro aire acondicionado. El edificio estaba sellado, aislado, como ella quería sentirse hoy.
            La puerta daba al corredor. Pero todo el muro de cristal daba al atrio y a veces a ella le gustaba
            que su mirada se desplomase cuarenta pisos convirtiéndose, en el trayecto, en copo de nieve, en
            pluma, en mariposa.

               Cristal sobre el corredor. Cristales a los costados, de manera que las dos oficinas junto a la
            suya también eran transparentes, obligando a sus colegas a guardar una cierta circunspección en
            sus hábitos físicos, pero manteniendo una buena naturalidad de costumbres  a  pesar  de  todo.
            Quitarse los zapatos, poner los pies sobre la mesa, les era permitido a todos, pero los hombres
            podían rascarse las axilas y entre las piernas, las mujeres no. Pero las mujeres podían mirarse en
            el espejo y retocarse el maquillaje. Los hombres —salvo algunas excepciones— no.

               Miró frente a ella, al atrio, y lo vio a él.

                  A Lisandro Chávez lo subieron solo en el tablón hasta el piso más alto. A todos les habían
            preguntado si sufrían de vértigo y él recordó que a veces sí, una vez en una rueda de la fortuna en
            una feria le dieron ganas de tirarse al vacío, pero se calló.

               Al  principio,  ocupado  en  acomodar  sus trapos e instrumentos de limpieza, pero sobre todo
            preocupado por ponerse cómodo él mismo, no la vio a ella, no miró hacia adentro. Su objetivo era
            el cristal. Se suponía que en sábado nadie iba a trabajar en la oficina.

               Ella lo vio primero y no se fijó en él. Lo vio sin verlo. Lo vio con la misma actitud con que se ve
            o deja de ver a los pasajeros que la suerte nos deparó al tomar un elevador, abordar un autobús u
            ocupar una butaca en un cine. Ella sonrió. Su trabajo  de  ejecutiva  de  publicidad  la  obligaba  a
            tomar aviones para hablar con clientes en un país del tamaño del universo, los USA. Nada temía
            tanto como un compañero de fila hablantín, de esos que te cuentan sus cuitas, su profesión, el
            dinero que ganan, y acaban, después de tres Bloody Marys, poniéndote la mano sobre la rodilla.
            Volvió a sonreír. Había dormido muchas veces con varios desconocidos al lado, envueltos cada
            uno en su frazada de avión, como amantes virginales...

               Cuando los ojos de Lisandro y los de Audrey se encontraron, ella hizo un saludo inclinando la
            cabeza, como se saluda, por cortesía, a un mesero de restorán, con menos efusividad que al
            portero de una casa de apartamentos... Lisandro había limpiado bien la primera ventana, la de la
            oficina de Audrey, y a medida que le arrancaba una leve película de polvo y ceniza, ella  fue
            apareciendo, lejana y brumosa primero, después acercándose poco a poco, aproximándose sin
            moverse, gracias a la claridad creciente del cristal. Era como afocar una cámara. Era como irla
            haciendo suya.

               La  transparencia  del  cristal fue desvelando el rostro de ella. La iluminación de la oficina
            iluminaba la cabeza de la mujer desde atrás, dándole a su cabellera castaña la suavidad y  el
            movimiento de un campo de cereales cuyas espigas se enredaban en la bonita trenza rubia que le
            caía como un cordón por la nuca. Allí en la nuca se concentraba más luz que en el resto de la
            cabeza. La luz de la nuca mientras ella apartaba la trenza blanca y tierna, destacando la rubia
            ondulación de cada vello que ascendía desde la espalda, como un manojo de semillas que van a
            encontrar su tierra, su fertilidad gruesa y sensual en la masa de cabellera trenzada.

               Trabajaba con la cabeza agachada sobre los papeles, indiferente a él, indiferente al trabajo de
            los  otros,  servil,  manual, tan distinto del de ella, empeñada en encontrar una buena frase,
                                                           83
   78   79   80   81   82   83   84   85   86   87   88