Page 88 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
invadiendo una frente estrecha y perpetuamente preocupada, plisada. Esta mañana, el brillo de la
mirada siempre muerta contrasta con el ceño fruncido. Mira hacia los arcos de la plaza. ¿Hoy qué
cosa le harán? Aplaza esta idea, la echa atrás como a un cajón viejo y empolvado. Pero no hay
nada más inmediato que la amenaza. Se queda indefenso. Se da cuenta de que está en la mitad
de la plaza, al mediodía, a pleno rayo del sol, a la intemperie, sin que nada lo proteja de las
miradas ajenas. Se lleva las manos a los ojos, los cierra, se oculta, se disfraza y se hace cada
minuto más evidente. Incluso los que nunca se fijan en él ahora lo están mirando. Paquito cierra
los ojos para que nadie lo mire de esa manera. Siente unos dolores terribles en la cabeza. Si
cierra los ojos, el sol se muere. Los abre y mira la piedra. País de piedra. Lenguaje de piedra.
Sangre y memoria de piedra. Plaza de piedra. Si no te vas de aquí, te convertirás tú mismo en
piedra.
La española lo observa con atención y astucia. Primero quiso pasar por un chofer culto, que
mostraba las bellezas de México a los extranjeros. Le irritaba que otro mexicano le hiciera el amor
a una norteamericana y no él. Le irritaba que se besuquearan en vez de oír lo que decían los
casetes culturales sobre las ruinas indígenas. Quiso joderlos a todos, sobresaltarlos, corriendo a
doscientos por hora, mezclando su aire culterano con una bárbara violencia física. A la gachupina
le dio pena este hombrecillo de más de cuarenta años, dueño de un color rubicundo, casi
zanahoria, que había notado en algunos mexicanos de la ciudad, mezcla de gente rubia y gente
indígena. Color solferino, vamos. Obviamente, se teñía de un rojizo zanahoria la cabellera y vestía
camisa azul con corbata y traje completo, brillante y plateado como el avión de Iberia que la trajo
de vacaciones a México cuando ganó el concurso de la mejor guía de turistas de las cuevas de
Asturias.
Vamos, la gente se puso como loca de que le tocara a ella pero así era la suerte, ni modo.
Este hombre no sabía que los dos tenían el mismo empleo pero ella no acababa de entenderlo
y se divirtió en el camino viendo las caras que ponía, pues todas eran de una falsedad risible,
enojado siempre, despectivo, dándose aires de sabihondo un minuto, de macho salvaje y sin
temores al siguiente, enervado por la pareja envidiada que iba atrás, pero más enervado,
concluyó la española, porque ella sonreía, lo miraba fijamente y no se dejaba impresionar.
—¿Qué me mira, pues, señora? —dejó escapar al fin, entrando a Cuernavaca—. ¿Qué tengo
dos cabezas o qué?
—No me has contestado. ¿Por qué haces un trabajo que no te gusta?
—¿Qué nos conocemos o qué? ¿De cuándo acá nos tuteamos?
—En España todos nos tuteamos.
—Eso será allá. Acá nos respetamos.
—Respétate a ti mismo primero, entonces.
La miró con cólera y desconcierto. ¿Qué iba a hacerle, pegarle, bajarla del auto, abandonarla
en Tres Marías? No podía. ¿Lo corrían de la chamba? De repente. Siempre tenía ese miedo
aunque la cosa era que siempre le toleraban sus impertinencias. Ésa era su apuesta: Sé audaz,
imponte, no te midas, Leandro, corre el riesgo de que te despidan, y ya verás cómo en casi todos
los casos, la gente se hace chiquita, no quieren complicaciones, te toleran tus groserías. Algunos
no, y entonces te la juegas, los bajas del coche en plena sierra de Guerrero, los desafías a que
sigan a pata a Chilpancingo, a ver, te denuncian en el hotel, tú sales por los fueros de tu dignidad,
quién no tiene sus broncas con los pinches turistas altaneros estos, si quieren llevamos el asunto
al sindicato, seguro que los compañeros se solidarizan conmigo, ¿quieren una huelga de choferes
que no sólo afecte este mugroso hotel, sino a todos los de la ciudad? Te calman, te dan la razón,
la gente es abusiva, no respeta el trabajo de un chofer, de plano nos dan trato de ruleteros y
nomás no, somos choferes de turismo culto, europeo, japonés, con ellos nunca hay bronca, los
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