Page 87 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
LA APUESTA
A César Antonio Molina
País de piedra. Lengua de piedra. Sangre y memoria de piedra. Si no te escapas de aquí, tú
mismo te convertirás en piedra. Vete pronto, cruza la frontera, sacúdete la piedra.
Lo citaron a las nueve de la mañana en el hotel para salir a Cuernavaca y regresar esa misma
noche. Tres viajeros nada más. Una turista norteamericana, eso se veía a la legua, rubia,
descolorida, vestida de tehuana o algo así. Un mexicano que no le soltaba la mano, un nacoleón
de miedo, moreno y bigotón, con camisa morada. Y una mujer que él no supo ubicar bien, blanca,
un poco seca, flaca, con tacón bajo, falda ancha y suéter de lana tejido en casa. Usaba el pelo
restirado y de no ser tan blanca, Leandro Reyes hubiera creído que era una criada. Pero hablaba
fuerte, sonado, sin complejos y con acento gachupín.
Leandro estaba acostumbrado a toda clase de combinaciones en sus viajes de chofer de
turismo y ésta no era ni mejor ni peor que todas las demás. La española se sentó enfrente, al lado
de él, y la pareja del mexicano y la gringa se acurrucaron juntos detrás. La gachupina le guiñó el
ojo a Leandro y meneó significativamente la cabeza hacia atrás. Leandro no le dio entrada. Él
trataba con arrogancia a todos sus pasajeros, no fueran a creer que se las habían con un
mexicanito obsequioso y sumiso. No le regresó el guiño a la española.
Arrancó con fuerza, más rápido de lo que quería, pero el tráfico estrangulado de la ciudad de
México le hizo aminorar la velocidad. Introdujo una cinta en su casetera y anunció que, eran
descripciones culturales de sitios turísticos de México, las pirámides de Teotihuacan, las playas de
Cancún y por supuesto Cuernavaca, a donde iban esta mañana. Él daba un servicio de altura, les
anunció, para gente de criterio.
Las voces, la música a propósito, el escape de los camiones, el aire contaminado de la ciudad,
los adormeció a todos menos a él. Y apenas salieron a la carretera a Cuernavaca, aceleró la
marcha y comenzó a correr cada vez más. Miraba por el retrovisor a la pareja de la gringa y el
naco y le daba rabia, como siempre que un prieto de estos se aprovechaba de las primitas que
venían buscando lo exótico, lo romántico, y acababan en manos de unos hijos de la chingada,
zotacos repugnantes y vulgares por los que aquí ninguna vieja daría ni un quinto. Lo menos que
podía ofrecerles era un susto.
Manejó rápido y comenzó él mismo a repetir en voz alta las descripciones culturales de la
casetera, hasta que el chaparro de atrás se enervó y le empezó a decir, cuidado con la curva,
oiga, ya no repita lo que dice la casetera, qué cree que estoy sordo, y la gringa reía how exciting y
sólo la gachupina a su lado no se inmutaba, lo miraba a Leandro con una sonrisa de sorna y
Leandro les decía: —Éste no es un simple viaje de turismo. Es un viaje cultural. Así me lo
avisaron en el hotel. Si quieren cachondearse, hubieran escogido a otro, no a mí—.
El prieto de atrás se sumió; la gringa le dio un beso y el naco hundió su cara de cómico de las
carpas pero que se cree galán de telenovela en la melena rubia y ya no volvió a respingar. Pero la
gachupina de al lado le dijo al chofer: —¿Por qué haces un trabajo que no te gusta?
Qué suerte tuviste de no nacer bruto. Mira a Paquito el idiota del pueblo. Míralo cómo sale a
tomar el sol a la plaza, sonriéndole al sol y a la gente. Se le notan las ganas de caer bien. Pero
aquí en tu pueblo eso cae muy mal. ¿Qué derecho tiene este burro a sentirse feliz sólo porque
está vivo y el sol le brilla en las uñas, en los tres o cuatro dientes que le quedan, en los ojos casi
siempre opacos? Míralo bien. Como si él mismo supiera que su felicidad no puede durar mucho,
se rasca la cabeza de pelo corto con un aire perplejo. Ni peinado ni despeinado, porque es tan
corto su pelo que lo único importante es saber si crece o no. Crece hacia adelante, como
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