Page 677 - El largo viaje a un pequeño planeta iracundo - Becky Chambers
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podía tener unos padres mejores. Pero todavía me
daban envidia los niños que tenían hermanos. Crecí,
y luego apareciste tú. —Lo miró, y sonrió—. Y por
primera vez ya no quería tener un hermano, porque
al fin tenía uno. Y no hay nada mejor que los
hermanos. Los amigos son geniales, pero vienen y
van. Los amantes son divertidos, pero también algo
estúpidos. Se dicen estupideces e ignoran a sus
amigos porque están muy ocupados mirándose con
fijeza, y se ponen celosos, y se pelean por gilipolleces
como quién lavó los platos la última vez o por qué no
pueden doblar los putos calcetines, y puede que el
sexo deje de ser bueno, o puede que dejen de
encontrarse interesantes, y entonces se acuestan con
otra persona, y todo el mundo llora, y se encuentran
años más tarde, y aquella persona con la que lo habías
compartido todo es un completo extraño al que ni
siquiera quieres tener cerca porque te resulta
incómodo. Pero los hermanos… Los hermanos nunca
se marchan. Son para toda la vida. Y sé que las parejas
casadas se supone que también deben ser para toda la
vida, pero no siempre es así. No te puedes deshacer
de los hermanos. Te conocen, y saben lo que te gusta,
y no les importa con quién te hayas acostado o qué
errores hayas cometido, porque los hermanos no
están mezclados con esa parte de tu vida. Te ven en lo
peor, y no les importa. E incluso cuando os peleáis
tampoco importa demasiado, porque todavía tienen
que saludarte en tu cumpleaños, y para entonces todo
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