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KABASH
El Alto estaba representado por una corona blanca y su emblema era una flor de Lotus. La corona roja
representaba al Bajo Egipto y su emblema era una planta de papiro. El Faraón usaba una doble corona
ya que era Rey del Alto y del Bajo Egipto.
El Faraón, que llevaba el título de “hijo de Dios, era dueño absoluto y dirigía el destino de los Dos Países.
Todo pertenecía al Faraón: las tierras, los bueyes, los patos, el oro. Nadie era dueño de la tierra en la
que vivía y los campesinos daban gran parte de sus cosechas al Rey. Nadie acumulaba granos en su
casa. El Estado, cuando la cosecha era buena, los guardaba en grandes galpones y así podrían subsistir
en los años de escasez.
El Faraón tenía sus consejeros, visires y escribas que lo asesoraban e informaban permanentemente,
sobre todo en asuntos de interés para el gobierno. También estaban los grandes sacerdotes, los
Hierofantes, que traían los consejos más místicos: “la voz de los dioses”. Ellos hacían sus profesías y
recibían mensajes para orientar al Gran Faraón sobre cómo llevar adelante su reinado.
Los altos funcionarios del gobierno – visires, escribas, arquitectos, etc.- eran una minoría que gozaba de
muchos privilegios. Formaban castas, es decir, pasaban el derecho de sus cargos a sus hijos en forma
directa. El que no era hijo de un Escriba, no podía ser Escriba. Lo mismo ocurría con los sacerdotes y
con todas las profesiones de la época. No había posibilidades de estudiar y obtener un título
demostrando conocimiento.
La religión Egipcia, siempre fue politeísta, excepto en una corta etapa durante la Dinastía XVIII.
Los dioses más importantes como Osiris, el Dios de los Muertos; Isis y Hator, diosas del amor y la
fertilidad; Horus, el Águila protectora; Toth, Dios de la sabiduría; Rá, Dios Sol, etc., compartían el
panteón con otro grupo de deidades de menor entidad. Existía un Dios para cada necesidad.
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