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KABASH
LA REVOLUCIÓN ATONIANA
Toda revolución nace como consecuencia de un proceso social, económico, cultural y religioso.
Egipto, sobre el final del reinado de Amenofis III, atravesaba un período de crisis castigado por el
hambre: luego de una seca prolongada, el Nilo se rehusaba a desbordarse e fertilizar así las tierras para
que pudiesen ser cultivadas. Los graneros o galpones estaban ya vacíos y por primera vez el Faraón se
sintió obligado a pedir a sus países vasallos que pagasen sus tributos con alimentos.
Pero Amenofis II también perdió las dos guerras más importantes que había enfrentado; por lo tanto,
algunos países y sus reyes dejaron de ser dominados y por lo tanto, dejaron de contribuir con el Imperio.
Egipto, no solamente había perdido sus dominios, sino sus grandes ingresos. Sin esas contribuciones se
quedó sin medios para mantener el ejército, corriendo así el riesgo de seguir perdiendo antiguas
conquistas.
En los templos había tristeza y gran ansiedad. Los sacerdotes bendecían las tierras y a los campesinos,
pero ni las bendiciones ni las oraciones a sus Dioses daban resultado. Muchos interpretaron esa
situación como si estuviesen siendo víctimas de un castigo, lo que generaba miedos e inseguridad.
La revolución hizo erupción como consecuencia de un problema social, no fue solamente el resultado de
una confrontación religiosa.
La religión de Aton se hubiera podido practicar en convivencia con los demás Dioses como era hasta ese
momento. Aton, cuyos adeptos eran pocos, nunca representó una amenaza para las grandes deidades
como Amón-Ra, Osiris, Isis o Hator. La mayoría de ellos pertenecía a tribus semitas que vivían en
Egipto. Los judíos vivían separados, tenían otras costumbres, otras creencias, excepto los ricos que
fueron absorbidos por los templos egipcios conciliando su Dios, su monoteísmo con las otras
divinidades…
Poco a poco, judíos y egipcios sufrieron una mutua influencia de sus creencias. Su culto fue llevado
hasta las tierras del Nilo por descendientes de la tribu abramita que profesaba el monoteísmo; dentro de
ellos, el conocido José de los escritos bíblicos que en Egipto fue llamado Yuya.
Como cuenta la Biblia, José fue vendido por sus hermanos como esclavo a los egipcios, pero fue
nombrado Visir cuando interpretó un sueño del Faraón (las siete vacas flacas que salieron del Nilo y
comían 7 vacas gordas), aconsejándolo a guardar los granos de los años de abundancia para que hubiese
alimentos en los años de escasez que vendrían; consejo que salvó al país del hambre y de la miseria en
aquella época. De esta forma, la descendencia abrahamita alcanzó el poder lo que tuvo su momento
cúlmine con el casamiento de Amenofis III y la hija de Yuyá, Tyié – cuyo nombre significa “estoy con Ié”.
Además de ello, el hermano de la Reina Tyié, el General Jai Ari, era el el Jefe de los Ejércitos.
Con el tiempo, el Dios Ié que era el Dios de los Milagros, el Gran Dios Invisible, ocupó un lugar de
destaque dentro del panteón egipcio: unido a Aton, Dios de los Ejércitos, cuyo culto ya existía en
Heliópolis (Ciudad Bíblica de On), pasó a ser llamado Aton-Ié y luego, unido a la gran fuerza solar de Ra,
se convirtió en Aton-Ra, que apoyado por los principales dirigentes del gobierno de Egipto, se convirtió
en Símbolo de la revolución atoniana y fue proclamado como Dios oficial de la religión egipcia por
Amenofis IV.
De esta forma, por un corto período de 17 años, el país rindió culto a ese dios Abraamita, un Dios único
que puso a un lado todas las deidades que formaban parte de las arraigadas tradiciones religiosas. Se
instaura entonces, por primera vez en la historia del Antiguo Egipto, hace cerca de 3500 años atrás, el
monoteísmo.
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