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Paramos a tomar un café.
— La vida te enseñó muchas cosas —dije, tratando de iniciar una con-
versación.
— Me enseñó que podemos aprender, me enseñó que podemos cam-
biar —respondió él—. Aunque parezca imposible.
Estaba cortando el asunto. Casi no habíamos conversado durante las
dos horas de viaje hasta aquel bar de la carretera.
Al principio intenté recordar nuestro tiempo de infancia, pero él apenas
mostraba un educado interés. Ni siquiera me oía, y me hacía preguntas sobre
cosas que yo ya había dicho.
Parecía que algo no andaba bien. Podía ser que el tiempo y la distancia
lo hubiesen apartado para siempre de mi mundo. «Él habla sobre instantes
mágicos —pensé—. ¿Qué diferencia hay en la carrera que siguieron Carmen,
Santiago o María?» Su universo era otro, Soria no era más que un recuerdo
distante: detenida en el tiempo, con los amigos de la infancia todavía en la in-
fancia, y los viejos todavía vivos haciendo lo que hacían veintinueve años an-
tes.
Empecé a arrepentirme de haber aceptado el viaje en coche. Cuando
volvió a cambiar de tema, durante el café, decidí no insistir más.
Las dos horas restantes, hasta Bilbao, fueron una verdadera tortura. Él
miraba la carretera, yo miraba por la ventanilla, y ninguno de los dos ocultaba
el malestar que se había instalado. El coche alquilado no tenía radio, y la solu-
ción era aguantar el silencio.
— Vamos a preguntar dónde queda la estación de autobuses —dije, en
cuanto salimos de la autopista—. Hay una línea regular a Zaragoza.
Era la hora de la siesta y había poca gente en las calles. Pasamos por
delante de un señor, de una pareja de jóvenes, y él no se detuvo a pedir infor-
mación.
— ¿Tú sabes dónde queda? —pregunté, después de un rato.
— ¿Dónde queda qué?
Él seguía sin prestar atención a lo que yo decía.
De repente entendí aquel silencio. ¿De qué podía conversar con una
mujer que nunca se había aventurado por el mundo? ¿Qué interés podía tener
estar al lado de alguien que temía lo desconocido, que prefería un empleo se-
guro y un matrimonio convencional? Yo —pobre de mí— hablaba de los mis-
mos amigos de la infancia, de los mismos recuerdos polvorientos de un pueblo
insignificante. Era mi único tema.
— Me puedes dejar aquí mismo —dije cuando llegamos a lo que parecía
ser el centro de la ciudad. Trataba de mostrarme natural, pero me sentía estú-
pida, infantil y aburrida.
Él no detuvo el coche.
— Tengo que coger el autobús para regresar a Zaragoza —insistí.
— Nunca estuve aquí. No sé dónde queda mi hotel. No sé dónde tengo
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