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Nuestra Señora de las Gracias en un lado y el Sagrado Corazón de Jesús en el
otro.
— Era tuya —dijo al ver mi cara de sorpresa.
Mi corazón empezó de nuevo a dar señales de alarma.
— Un día de otoño como éste, cuando teníamos unos diez años, me
senté contigo en la plaza que tiene el roble grande. Yo quería decir algo que
había ensayado durante semanas. En cuanto comencé, me dijiste que habías
perdido la medalla en la ermita de San Saturio, y me pediste que fuera a bus-
carla.
Yo me acordaba. Dios mío, claro que me acordaba.
— Logré encontrarla —prosiguió—. Pero cuando regresé a la plaza ya
no tenía coraje para decir lo que había ensayado. Entonces me prometí que
sólo te entregaría la medalla cuando pudiese terminar la frase que había co-
menzado a decir aquel día, hace casi veinte años. Durante mucho tiempo inten-
té olvidar, pero la frase seguía presente. No puedo vivir más con ella.
Dejó el café. Encendió un cigarrillo y se quedó un largo rato mirando la
punta. Finalmente se volvió hacia mí.
— Es una frase muy sencilla —dijo—. Te quiero.
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