Page 261 - Antología2020mini_Neat
P. 261

pués— se acordase todavía. Éramos niños, vivíamos juntos y descubrimos el
                  mundo cogidos de la mano. Yo le amé, si es que una niña puede entender del
                  todo el significado del amor. Pero aquello había sucedido hacía mucho tiempo,
                  en otra vida, donde la inocencia deja el corazón abierto a todo lo mejor que hay
                  en la vida.

                         Ahora éramos adultos y responsables. Las cosas de la infancia eran co-
                  sas de la infancia.

                         Volví a mirarlo a los ojos. Yo no quería o no podía creerlo.

                         — Tengo sólo esta conferencia, y estamos en el puente de la Inmacula-
                  da Concepción. Necesito ir  a  las montañas —prosiguió—. Necesito mostrarte
                  algo.

                         El hombre brillante, que hablaba de instantes mágicos, estaba frente a
                  mí, actuando de la manera más equivocada posible. Avanzaba demasiado rá-
                  pido, estaba inseguro, hacía propuestas confusas. Resultaba duro verle de ese
                  modo.

                         Abrí la puerta, salí y me recosté contra el coche. Me quedé mirando la
                  avenida casi desierta. Encendí un cigarrillo y traté de no pensar. Podía disimu-
                  lar, fingir que no entendía; podía tratar de convencerme de que era realmente
                  la propuesta de un amigo a una amiga de la infancia. Quizá él hubiese estado
                  viajando demasiado tiempo, y empezase a confundir las cosas.

                         Quizá yo estuviese exagerando.





                         Él bajó del coche y se sentó a mi lado.

                         — Me gustaría que fueses a la conferencia esta noche —dijo, una vez
                  más—. Pero si no puedes, lo comprendo.

                         Eso era. El mundo había dado una vuelta completa, y regresaba al punto
                  de origen. No era nada de lo que pensaba: él ya no insistía, ya estaba dispues-
                  to a dejarme partir. Los hombres enamorados no se comportan de esa manera.

                         Me sentí aturdida y aliviada al mismo tiempo. Sí, me podía quedar por lo
                  menos  un  día.  Cenaríamos  juntos,  y  nos  embriagaríamos  un  poco,  cosa  que
                  jamás habíamos hecho cuando éramos niños. Era una buena oportunidad para
                  olvidar las tonterías que había pensado unos minutos antes, una buena oportu-
                  nidad para romper el hielo que nos había acompañado desde Madrid.

                         Un día no supondría ninguna diferencia. Por lo menos tendría algo que
                  contarles a mis amigas.

                         —  Camas  separadas  —dije,  en  tono  de  broma—.  Y  tú  pagas  la  cena,
                  porque a esta edad sigo siendo estudiante. No tengo dinero.





                         Dejamos las maletas en la habitación del hotel, y bajamos y fuimos ca-
                  minando hasta el local de la conferencia. Llegamos temprano, y nos sentamos
                  en un café.

                         — Te quiero dar algo —dijo él, entregándome una bolsita roja.

                         La abrí inmediatamente. Dentro había una medalla vieja y oxidada, con

                                                          279
   256   257   258   259   260   261   262   263   264   265   266