Page 222 - La Era Del Diamante - Neal Stephenson
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—¿Se lo puedo dedicar a Elizabeth o no? —le exigió
Finkle‐McGraw.
—Por supuesto, señor.
Finkle‐McGraw sacó una pesada pluma de oro de un
estuche de su mesa y escribió en el libro durante un
rato.
—Hecho esto, señor, sólo queda que autorice un
fondo permanente para los ractores.
—Ah, sí, gracias por recordármelo —dijo Finkle‐
McGraw sin demasiada sinceridad—. Uno pensaría
que con todo el dinero invertido en el proyecto...
—Que hubiésemos resuelto el problema del generador
de voz, sí señor —dijo Hackworth—. Como sabe,
realizamos algunos adelantos, pero los resultados no
estaban cerca del nivel exigido. A pesar de toda nuestra
tecnología, los algoritmos de pseudo‐inteligencia, las
vastas matrices de excepciones, los monitores de
portento y contenido, y todo lo demás, no estamos cerca
de generar una voz humana que tenga un sonido tan
bueno como el que un ractor vivo y real puede dar.
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