Page 850 - La Era Del Diamante - Neal Stephenson
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se perdiera en el desierto. Olía a árboles de hojas
perennes. Al recorrer los caminos ondulados,
vadeaba esas deliciosas corrientes de oiré una y
otra vez, así que cada vez que doblaba un
camino, sentía un incentivo para seguir hasta el
siguiente. Los pequeños arbustos que se pega‐
ban a las rocas y se encogían en las grietas se
hicieron más grandes y numerosos, y
empezaron a aparecer flores, al principio
pequeñas flores blancas como puñados de sal
arrojados sobre las rocas, luego grandes, azules,
rojas y naranja brillante, repletas de néctar
perfumado que atraía a las abejas llenas de
polen robado. Robles doblados y una densa y
corta vegetación perenne proyectaban sombras
diminutas en el sendero. Lo línea del cielo se
acercó y los recodos del camino se hicieron más
amplios a medida que las mantonas se hacían
menos inclinadas. Nell se alegró cuando las
curvas se acabaron y el camino se hizo recto
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