Page 410 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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D Dm mi it tr ry y   G Gl lu uk kh ho ov vs sk ky y                                                                                                                              S Su um me er rk ki i   ( (C Cr re ep pú ús sc cu ul lo o) )


           guerreros  más  experimentados  se  atrevían  a  salir,  armados

           con unas lanzas especiales sobre las que se había arrojado un

           hechizo contra los demonios. Montaban guardia por turnos y


           patrullaban  de  día  y  de  noche  por  las  calles  vacías  de  sus

           respectivas  comunidades  para  asustar  a  los  demonios.  Al


           inicio  de  este  singular  período  se  apagaban  todas  las

           hogueras, para que la luz y la calidez de las llamas no atrajera

           a ninguno de los espíritus, y también rompían toda la vajilla


           que tuvieran en casa. Pasaban los cinco días sumidos en los

           preparativos  del  fin  del  mundo:  con  temor,  humildad  y


           plegarias.


                  Al llegar la quinta noche, los hombres subían cada uno a

           la azotea de su propia casa, se sentaban con los ojos vueltos

           hacia Oriente y aguardaban con paciencia a que saliera el sol.


           No se atrevían a hablar los unos con los otros, ni siquiera en

           susurros, sino que aguardaban, inmóviles, con la mirada fija

           en el negro y desierto horizonte. No había nadie que supiera


           si su majestuosa luz volvería a elevarse sobre el mundo que,

           humillado,  aguardaba  su  propia  ejecución.  Todos  los  indios


           sabían  muy  bien  que  cabía  la  posibilidad  de  que  el  sol  no

           volviera  a  salir  y  las  tinieblas  reinaran  para  siempre  en  el

           universo.  Y  con  eso  llegaría  el  fin  del  mundo,  como  estaba


           escrito en los libros sagrados.


                  Pero,  al  ver  que  el  alba  despuntaba  por  los  lejanos  y

           oscuros  montes,  sobre  las  copas  de  los  árboles,  los  indios


           bajaban  de  nuevo  y  anunciaban  a  sus  familias  la  buena

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