Page 412 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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merodeaban los demonios de la selva que habían
despertado por la imprudencia de algún conquistador
español, y yo no me atrevía a abandonar aquel sendero
plagado de espectros, aunque tampoco supiera por qué
lo seguía ni adónde iba a llevarme.
«¡Falta un minuto para el Año Nuevo!», dijo el
locutor de la radio, y calló, para dar tiempo a sus
oyentes de que llenaran las copas de champán en medio
del alegre barullo, para que encendiesen bengalas,
apagaran las luces y empezaran a descorchar más
botellas.
Corrí a la nevera, saqué la de vino espumoso y aún
tuve tiempo de disparar el tapón de corcho al techo
mientras sonaba la duodécima campanada. Luego
aguardé a que la dulce espuma se perlara en la copa,
abrí la ventana, tomé un trago y dejé que la brisa helada
me acariciara el rostro. Olía a hollín, como si alguien
hubiese encendido un horno de leña cerca. Un copo de
nieve muy grande y transparente vino a posarse en mi
copa. No pude evitar una sonrisa y sentí que las
lágrimas se me agolpaban en los ojos.
Estaba contento de haberlo hecho a tiempo. Las
cosas más comunes ganan en belleza y significado
cuando sabemos que las hacemos por última vez.
«¡Feliz Año Nuevo!», gritó una voz por la radio.
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