Page 415 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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razonamientos que el anónimo cronista expondría
luego, lo que parecía insinuar que había sobrevivido y
no había escrito la relación hasta mucho más tarde,
cuando conocía ya el final de la historia.
Sin embargo, en el último capítulo, por grande que
fuera el cuidado con el que lo leía, no encontré ningún
indicio de que el conquistador español pudiera salir
vivo de la poza. Seguramente no hice otra cosa que
tratar de insuflar nueva vida en el cadáver lívido e
hinchado de un hombre que se había ahogado en el
agua. «¡Al diablo con el español!», me dije. Por difícil
que me resultara esa decisión, tendría que abandonarlo.
Estaba tan muerto como mi colega de traducción, el
empleado de la agencia Asbuka y mi pobre vecina. Que
Dios se apiadara de sus almas pecadoras... Creo que eso
es lo que habría dicho un sacerdote español del siglo
XVI en semejante situación.
Como para despedirse del muerto, los perros del
patio se pusieron a aullar en ese mismo momento.
Mi corazón dio un salto y se hundió en las tinieblas:
al menos en mi caso, los perros vagabundos solían
actuar como heraldos de los peligros de otro mundo.
¿Iba a recibir otra visita?
Pues entonces, ¿qué? Por todos los dioses, ¿qué
podía hacer? ¿Seguir el consejo de Yagoniel? ¿Apagar
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