Page 577 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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A diferencia de lo que nos ocurría hace veinte años,
los edificios de nueve pisos de la época de Stalin no nos
producen hoy en día, en esta Moscú drogada con
hormonas del crecimiento, una impresión de
majestuosa altitud. Pero Yagoniel había escrito sin
ambages que cualquiera que quisiese contemplar el fin
del mundo tenía que instalarse en la azotea de su
propia casa. Y yo no pensaba faltar a los rituales que se
habían preservado a lo largo de milenios. Por otra
parte, el panorama de la ciudad era hermoso.
Casi toda Moscú padecía el apagón. Tan sólo
resplandecían oasis eléctricos en edificios que debían de
tener su propio generador. La densa oscuridad bañaba
pesadamente las rocas que eran las casas de Arbat, se
derramaba sin prisas por el asfalto agrietado del Anillo
de los Jardines y se concentraba a los pies de los
monumentos del gótico estalinista, que sobresalían
entre todo lo demás como grotescas tartas de boda. En
algunos lugares, los faros de los coches se apiñaban
como luciérnagas, se estrellaban en medio del caos
contra obstáculos que yo no alcanzaba a divisar desde
tan arriba y trataban de avanzar por el asfalto medio
arrancado.
Me senté en el pretil de la azotea, dejé que las
piernas colgaran en el vacío y miré hacia Oriente. Debía
de ser el mediodía, pero el horizonte seguía desierto y
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