Page 576 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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de aquellos minutos. Nadie se atrevía a hablar en voz
alta, ni a abandonar la protección de las cuatro paredes,
porque adivinaban la presencia de los demonios que les
acechaban en el mundo exterior. Yo, por el contrario, no
les tenía miedo. ¿Qué podía significar un encuentro con
los espíritus, en comparación con lo que había de
ocurrirle al mundo entero al cabo de unas pocas horas?
Rompí fácilmente el cerrojo y el precinto de la
policía que impedían el acceso a la azotea. La mayoría
de las leyes y las normas que tienen algún significado
en tiempos ordinarios pierden todo sentido durante la
noche que precede al Apocalipsis. El viento de la
eternidad desnuda a los hombres de convenciones
sociales, les arranca la costra de la civilización y los
devuelve a su estado primigenio, desnudos e
indefensos, solos consigo mismos y con el mundo, para
que miren a los ojos a los dioses y a la muerte.
Noté, con gran sorpresa, que en la azotea no hacía
mucho frío. Jirones de nubes densos y grises flotaban,
pesados e inmóviles, en el cielo, como si alguien los
hubiera pintado al óleo sobre un lienzo negro. El aliento
de Dios que solía arrastrarlos de un lado para otro
parecía haberse agotado. Era como contemplar una
pintura sin vida.
Miré a mi alrededor.
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