Page 350 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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escena que habría podido interpretar un artista
imaginativo. No obstante, en cualquier caso se
trata de una tierra extraña y desolada.
—¿Estaba muerta la chica?
—Sí. se había envenenado… a tiempo. No; no se
dijo ni una sola palabra en contra suya, como era
habitual. ¿Recuerda usted la historia que le conté
la otra noche acerca de una dama que vio cómo
una ventana aplastaba los dedos de su hija?
—Y ¿qué era esa estatua?
—Bueno, era una escultura romana, de una clase
de piedra que no se había ennegrecido con el paso
del tiempo, sino que se había puesto blanca y
luminosa. Los matorrales habían crecido a su
alrededor, ocultándola, y en la edad media los
partidarios de cierta tradición muy antigua
supieron utilizarla en su propio beneficio. De
hecho, fue incorporada a la monstruosa mitología
del Sabbat. Habrá observado usted que a aquellos
a quienes por casualidad les ha sido otorgada la
visión de esa blancura resplandeciente, o, mejor
dicho, por aparente azar, se les exige taparse los
ojos la segunda vez que se aproximen a ella. Es
muy significativo.
—¿Todavía esta allí?
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