Page 524 - La Patrulla Del Tiempo - Poul Anderson
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volvieron cautelosos y atentos, así como las mujeres que

           en ese momento les traían cuernos de cerveza. Eran los


           dioses tallados en las columnas los que parecían moverse

           por entre sombras inquietas, el Padre Tiwaz de una sola

           mano, Donar del Hacha, los jinetes Gemelos… ellos, y las


           bestias,  héroes  y  ramas  entrelazadas  grabados  sobre  el

           revestimiento de madera. «¡Buuuu!», decía el viento, un

           sonido tan frío como él mismo.



                 Entraron  Hathawulf  y  Solbern.  Su  madre  Ulrica  se

           situó entre ellos, y la mirada en su rostro no fue menos


           terrible que la mirada de ellos. Los tres permanecieron

           inmóviles durante un latido o dos, mucho tiempo para

           aquellos que esperaban sus palabras. Luego Solbern cerró


           la puerta mientras Hathawulf se adelantaba y levantaba

           el brazo derecho. El silencio cayó sobre la estancia, roto

           sólo  por  el  crepitar  del  fuego  y  la  respiración  de  los


           presentes.


                 Pero fue Alawin quien habló primero. Levantándose


           del  banco,  con  su  cuerpo  estremeciéndose  de

           anticipación, gritó:



                 —¡Entonces nos vengaremos! —rugió su voz; no tenía

           sino quince inviernos.



                 El guerrero que estaba a su lado le tiró de la manga y



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