Page 30 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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de los robots. Por fin el hombre había logrado la libertad.
Ya no tenía que seguir ocupando su cerebro en planear las
complejas operaciones del transporte ni en decidir
programas de producción ni en hacer el balance de los más
difíciles problemas económicos o presupuestarios. Las
máquinas, que muchos siglos antes se habían hecho cargo
de todo el trabajo manual, estaban ya en condiciones de
realizar la segunda de sus grandes contribuciones a la
sociedad.
El efecto que esta evolución causó en el cerebro
humano fue inmenso y el hombre reaccionó ante la nueva
situación de dos maneras distintas. Los hubo que utilizaron
esa nueva posibilidad de libertad, recién descubierta,
noblemente para la consecución de los objetivos que desde
siempre habían atraído a las mentes más elevadas: la
búsqueda de la belleza y la verdad, aún tan elusiva y fugaz
como lo fuese en los tiempos en que se construyó la
Acrópolis.
Pero hubo otros que reaccionaron de manera distinta.
Por fin, pensaron, nos hemos librado para siempre de la
maldición de Adán. Ahora podemos construir ciudades en
las que las máquinas se ocuparán de hacer todo el trabajo,
de cubrir todas nuestras necesidades tan pronto como éstas
entren en nuestras mentes, cuando los analizadores
puedan leer incluso los deseos más profundamente
enterrados en nuestro subconsciente. El objeto de la vida
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