Page 295 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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deben rebotar como gotas de lluvia. Sólo un
cañón podría detener a esta criatura.
La pesada portezuela se cerró a nuestras
espaldas; se ajustó a sus enganches de un
golpe y los cierres de goma se pegaron al
casco.
Así quedó excluida la luz del sol.
Nos escoltaron al centro de una galería
estrecha que recorría todo el fuerte. En aquel
espacio resonaba el ruido de los motores.
Olía a aceite de motor y a petróleo, además
del penetrante olor a cordita; hacía
demasiado calor, y sentí que me corría
inmediatamente el sudor por el cuello. La
única fuente de luz eran dos lámparas
eléctricas; insuficiente para iluminar aquel
espacio compacto y largo.
El interior del fuerte quedó grabado en mi
mente con trazos a media luz y sombras.
Podía ver la forma de ocho grandes ruedas
—cada una de diez pies de diámetro—
alineadas a los lados del fuerte, y protegidas
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