Page 694 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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Subimos un tramo desigual de escaleras y
entramos en el interior oscuro del nuevo
salón.
El suelo —aunque desigual— estaba
ordenado y limpio, y el sol de la mañana
entraba por las ventanas sin vidrios. Me
sentí impresionado: a pesar de lo
rudimentario de la arquitectura y la
construcción, el lugar tenía una sensación
de solidez, de deseo de permanencia.
Hilary Bond se subió a un podio
improvisado con el depósito de gasolina del
coche, y dejó reposar las manos sobre los
anchos hombros de Stubbins. Su cara
destrozada, coronada por aquellos bizarros
penachos de pelo, mostraba una dignidad
simple.
Nuestra nueva colonia, declaró, quedaba
ahora fundada, y lista para recibir un
nombre: propuso llamarla Primer Londres.
Luego nos pidió que nos uniésemos a ella en
una oración. Bajé la cabeza como todos y uní
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