Page 129 - A orillas del río Piedra me senté y lloré
P. 129

Durante toda la tarde estuve mirando las aguas del río Piedra. La mujer
                  nos trajo bocadillos y vino, dijo algo sobre el tiempo y volvió a dejarnos solos.
                  Más de una vez él interrumpió la lectura, y se quedó con la mirada perdida en
                  el horizonte, absorto en sus pensamientos.
                         En cierto momento, resolví ir a dar una vuelta por el bosque, por las pe-
                  queñas cascadas, por las laderas llenas de historias y significados. Cuando
                  empezaba a ponerse el sol, regresé al sitio donde le había dejado.

                         — Gracias —fue su primera palabra cuando me devolvió los papeles—.
                  Y perdón.
                         A orillas del río Piedra me senté y sonreí.
                         — Tu amor me salva, y me devuelve los sueños — continuó.

                         Me quedé callada, sin moverme.

                         — ¿Conoces bien el salmo 137? —preguntó.
                         Dije que no con la cabeza. Tenía miedo de hablar.
                         — A orillas de los ríos de Babilonia…

                         — Sí, sí, lo conozco —dije, sintiendo que volvía poco a poco a la vida—.
                  Habla del exilio. Habla de las personas que cuelgan sus cítaras porque no pue-
                  den cantar la música que les pide el corazón.

                         — Pero después de llorar de nostalgia por la tierra de sus sueños, el
                  salmista se promete a sí mismo:
                         ¡Jerusalén, si yo de ti me olvido,
                         que se seque mi diestra!
                         ¡Mi lengua se me pegue al paladar
                         si de ti no me acuerdo…!

                         Sonreí una vez más.

                         — Me estaba olvidando. Y tú me haces recordar.
                         — ¿Crees que recuperarás tu don? —pregunté.

                         — No lo sé. Pero Dios siempre me dio una segunda oportunidad en la
                  vida. Me la está dando contigo. Y me ayudará a encontrar mi camino.
                         — El nuestro lo interrumpí de nuevo.
                         — Sí, el nuestro.

                         Me cogió de las manos y me levantó.

                         — Vete a buscar tus cosas —dijo—. Los sueños dan trabajo.

                                                                                       Enero de 1994
   124   125   126   127   128   129   130   131