Page 117 - La Frontera de Cristal
P. 117

Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            si quisiera ahogar sus gritos, recordando sus lágrimas enseguida, quitándoselas con el codo,
            manchando de rimmel la manga del modelo de Moschino.

               ¿Dónde estaba Juan Zamora dos minutos más tarde?

               Al lado del cuerpo de Leonardo Barroso, atendiendo al urgente llamado —¡Médico, médico!—
            que escuchó al cruzar el puente internacional, buscando los signos vitales en el pulso, el corazón,
            la boca, nada, no había nada que hacer. Era el primer caso atendido por Juan Zamora en territorio
            americano. No reconoció, en ese hombre con los sesos volados, al benefactor de su familia, el
            protector de su padre, el hombre fuerte que lo mandó a estudiar a Cornell...

               ¿Qué hacía Rolando Rozas tres minutos después?

               Hablaba  por  su celular para transmitir la noticia escueta, trabajo cumplido, ninguna
            complicación, cero errores, antes de pasarse la mano sudorosa por el traje color de avión, como le
            decía Marina, arreglarse la corbata y empezar a pasear, como lo hacía todas las noches, por sus
            restoranes favoritos, los bares y calles de El Paso, a ver qué nueva muchacha caía.

                Ahora cruza el puente sobre el río grande, río bravo, Malintzin de  las  Maquilas,  y  lleva  del
            brazo, protegiéndola, a una anciana muy pequeña, envuelta en rebozos, una anciana ilegible bajo
            el palimpsesto de las arrugas infinitas que cruzan su cara como el mapa de un país para siempre
            perdido, se la encargó la Dinorah, lleva a mi abuelita del otro lado del puente, Marina, entrégasela
            en el otro lado a mi tío Ricardo, él no quiere entrar otra vez a México, ya no sabe hablar español,
            le da pena, le da miedo también, que luego no lo dejen entrar de regreso, lleva a mi abuelita al
            otro lado del río grande, río bravo, para que mi tío se la lleve de vuelta a Chicago, ella sólo vino a
            consolarme por la muerte del niño, ella sola no se sabe valer, y no sólo porque tiene casi cien
            años, sino porque lleva tanto tiempo viviendo como mexicana en Chicago que desde hace tiempo
            se le olvidó el español pero nunca aprendió el inglés, de modo que no puede comunicarse con
            nadie (salvo con el tiempo, salvo con la noche, salvo con el olvido, salvo con los perros ixcuintles
            y las guacamayas, salvo con las papayas que toca en el mercado y los coyotes que la visitan cada
            amanecer, salvo con los sueños que no puede platicarle a nadie, salvo con la inmensa reserva de
            lo no dicho hoy para que pueda decirse mañana) pero del lado contrario, tratando de pasar el
            puente en medio de enorme confusión, dos hombres desnudos se acercan a las casetas de la
            inmigración, un hombre de cincuenta años, pelo plateado, porte atlético aunque bien alimentado,
            arrastrando del brazo a un bato enteco, jodido a más no poder, puro pellejo y hueso, prieto él,
            pero juntos los dos, alegando, parecen locos, alegando no nos dejaron salir por San Diego  y
            entrar por Tijuana, ni salir por Caléxico y entrar por Mexicali, ni salir por Nogales Arizona y entrar
            por Nogales Sonora, ¿hasta dónde nos van a mandar? ¿hasta el mar? ¿vamos a entrar nadando
            a México? ¿por qué no entienden que queremos regresar a México sin nada puesto, despojados,
            limpios? ¡dénnos posada, en nombre del cielo! ¿no se dan cuenta que detrás de nosotros nos
            viene persiguiendo la basura armada, la muerte con desodorante y hacia nosotros avanza una vez
            más  la  fuga, ley fuga, tierra muerta, tierra injusta? queremos entrar a contar la historia de la
            frontera de cristal antes de que sea demasiado tarde, hablen todos, habla, Juan Zamora hincado
            atendiendo un cadáver, habla, Margarita Barroso enseñando  tu  identidad  incierta  para  poder
            cruzar  la  frontera habla, Michelina Laborde, deja de gritar, piensa en tu marido el muchacho
            abandonado, el heredero de don Leonardo Barroso, imagínate, Gonzalo Romero que no te
            mataron  los cabezas rapadas sino los coyotes que ahora rodean tu cadáver y el de veintitrés
            trabajadores en un círculo de hambre y asombro inseparables, encabrónate, Serafín Romero y
            dite a ti mismo que tú vas a asaltar cuanto pinche tren se cruce en tu camino para que vuelva la
            guerra  de  siempre  a  la  frontera,  para  que no sólo nos agredan ellos, ajústate los visores
            nocturnos, Dan Polonsky esperando que los huelguistas se atrevan a dar un paso adelante, hazte
            pendejo,  Mario Islas para que tu ahijado Eloíno pueda correr tierra adentro, mojado, joven, sin
            aliento, decidido a no regresar nunca, levanta los brazos, Benito Ayala, ofrécele tus brazos al río,
            a la tierra, a todo lo que necesite tu fuerza para vivir, sobrevivir, avienta los papeles al aire, José
            Francisco,  poemas,  notas,  diarios,  novelas,  a ver a dónde se lleva las hojas el viento, a ver a
            dónde caen, de qué lado, de acá o de allá, al norte del río grande, al sur del río bravo, tira los
            papeles  como si fueran plumas, adornos, tatuajes para defenderlos de las inclemencias del
                                                           117
   112   113   114   115   116   117   118