Page 115 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
iba a darle aviso a la patrulla fronteriza. Los marginados empezaron a insultar a los contratados y
éstos a tratar a los que se quedaron de pinches mendigos y que se dieran prisa en largarse
porque había mucho ánimo contra ellos en estas partes.
Romero los empezó a juntar, ni modo, no les cobraría, él solo cobraba cuando entregaba al
trabajador al patrón, por eso era respetado en la frontera, tenía palabra, era un profesional, oigan,
les dijo, hasta estoy entrenando a mis hijos para que de grandes sean pasadores como yo,
coyotes como les dicen en California, así de honorable me parece mi pinche profesión...
Fue entonces cuando la noche del desierto se llenó de un eco de tormenta que Gonzalo
Romero trató de ubicar en el cielo; pero el cielo estaba limpio, estrellado, dibujando las siluetas
negras de los álamos, perfumado por el incienso de los piñones. ¿Venía el temblor de las
profundidades de la tierra? Gonzalo Romero pensó por sólo un momentito que la costra de
mezquite y creosote era la coraza de esta llanura del Río Grande y ningún terremoto podía
vencerla; no, el estruendo, el temblor, el eco, venían de otra coraza, la de asfalto y alquitrán, la
línea recta de las carreteras de la llanura, las ruedas de las motos calcinando el desierto, los
motores en llamas, como si sus luces fueran fuego y sus jinetes guerreros de una horda
inmencionable: vieron los brazos tatuados con insignias nazis, las cabezas rapadas, las
sudaderas con las palabras de la supremacía blanca, las manos levantadas en el saludo fascista,
los puños agarrando tarros de cerveza, veinte, treinta de ellos, sudando cerveza y pickle y cebolla,
que de repente rodearon a Gonzalo Romero y el grupo de trabajadores, crearon un círculo de
motos, empezaron a gritar supremacía blanca, muerte a los mexicanos, vamos a invadir México,
más vale empezar ahora, salimos a matar mexicanos y a quemarropa dispararon, cada uno sus
rifles de alto poder, contra Gonzalo Romero, contra los veintitrés trabajadores y luego, cuando
todos estaban muertos, uno de los skinheads bajó de la moto y revisó con la punta de la bota la
cabeza sangrante de cada uno, habían apuntado bien, a las cabezas, y uno de ellos se puso la
gorra sobre la cabeza rapada y le dijo a nadie, a sus compañeros, a los muertos, al desierto, a la
noche: —¡Hoy traía yo muy abierta la válvula de la muerte!
Mostró los dientes. En la parte interna del labio inferior tenía tatuado WE ARE EVERYWHERE.
Disfrazado de abogado francés, Benito Juárez llegó a refugiarse en El Paso del Norte porque
los franceses no le dejaron más que ese recodo del río bravo, río grande, para defender su
república mexicana: llegó con su carroza negra y sus carretas llenas de papeles, cartas, leyes,
llegó con su capa negra, su traje negro, su chistera negra, él mismo oscuro como el lenguaje más
antiguo, como la olvidada lengua indígena de Oaxaca, él mismo oscuro como el tiempo más
antiguo, cuando no había ayer ni mañana, pero no lo sabía: era un abogado mexicano liberal
admirador de Europa traicionado por Europa que ahora estaba refugiado en el recodo del río
bravo, río grande, sin más reliquias para su éxodo que los papeles, las leyes por él firmadas,
iguales a las leyes de Europa, mira Juárez al otro lado del río, a Texas y a su prosperidad
creciente, allí donde España había dejado sólo las huellas en la arena de los pies de Cabeza de
Vaca y México literalmente sólo una cabeza de vaca enterrada en la arena, la Texas gringa fundó
urbes comerciales, atrajo inmigrantes de todo el mundo, cuadriculó su territorio de vías férreas,
multiplicó el pan y el ganado y recibió el regalo del diablo, los veneros de petróleo, sin necesidad
de persignarse; "Texas es tan rica que el que quiera vivir pobremente debe irse a otra parte,
Texas es tan saludable que el que quiera morirse debe irse a otro lado"; mírenme, les dice Juárez
desde el otro lado del río, yo no tengo nada y hasta olvidé lo que tuvieron mis abuelos, pero quiero
ser como ustedes, próspero, rico, democrático, mírenme, compréndanme, mi carga es otra, quiero
que nos gobiernen leyes, no tiranos, pero tengo que crear un estado que haga respetar las leyes
sin caer en despotismos; y Texas no miró a Juárez sólo miró a Texas y Texas sólo vio a dos
presidentes cruzar el puente para visitarse y felicitarse, Howard Taft gordo como un elefante que
de verlo pasar el puente todos temieron que no lo resistiera, inmenso, sonriente, con ojos pícaros
y bigotes de domador de circo, Porfirio Díaz ligero y flaco debajo del peso de sus medallas
incontables, indio oaxaqueño enteco a los ochenta años, con bigotes blancos, ceño fruncido,
aletas anchas y ojos tristes de guerrillero envejecido, los dos felicitándose de que México
comprara mercancías y Texas las vendiera, de que México vendiera tierras y Texas las comprara,
Jennings y Blocker más de un millón de acres de Coahuila, la Texas Company casi cinco millones
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