Page 113 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal



               —Escritos.

               —¿Políticos?

               —Todo escrito es político.

               —Subversivo, entonces.

               —Todo escrito es subversivo.

               —¿Qué dices?

               —Que la incomunicación es cabrona. Que el que no se puede comunicar se siente inferior.
            Que el que se calla se jode.

               Los agentes mexicanos se juntaron con los norteamericanos para ver de qué se trataba, qué
            mitote estaba armando el greñudo de la moto que pasaba por el puente cantando Cielito lindo y
            Valentín de la Sierra con las mochilas llenas de billetes falsos, droga, esperaban ellos, y no, eran
            papeles, ¿políticos, dijo?, ¿subversivos, admitió?, a verlos, a verlos, empezaron a volar  los
            manuscritos,  zarandeados  por la brisa nocturna, eran como palomas de papel dotadas de un
            vuelo  propio,  no  caían al río, notó José Francisco, se iban volando nomás del puente al cielo
            gringo, del puente al cielo mexicano, el poema de Ríos, el cuento de Cisneros, el  ensayo  de
            Nericio, las páginas de Siller, el manuscrito de Cortazar, las notas de Garay, el diario de Aguilar
            Melantzón, los desiertos de Gardea, las mariposas de Alurista, los zorzales de Denise Chávez, los
            gorriones de Carlos Nicolás Flores, las abejas de Rogelio Gómez, los milenios de Cornejo, y el
            propio José Francisco ayudando alegremente a los guardias, arrojando manuscritos al aire, al río,
            a la luna, a las fronteras, convencido de que las palabras volarían hasta encontrar su destino, sus
            lectores, sus auditores, sus lenguas, sus ojos...

               Vio los brazos abiertos en cruz de los manifestantes del lado de Ciudad Juárez,  cómo  se
            levantaron a pescar al vuelo las cuartillas, y José Francisco lanzó un grito de victoria que rompió
            para siempre el cristal de la frontera...la frontera no es el río grande, río bravo, es el río Nueces
            pero los gringos le dicen nueces a una frontera que les impide cumplir su destino manifiesto: llegar
            al Pacífico, crear una nación continental, ocupar California: los vagones repletos, los coches, la
            gente de a caballo, las ciudades aglomeradas de pioneros, buscando certificados para las tierras
            nuevas, treinta mil gringos en Texas el día del Álamo, ciento cincuenta mil diez años más tarde, el
            día  de  la  Guerra,  Destino  Manifiesto, dictado por el Dios protestante a su nueva Raza Elegida
            para someter a una raza inferior, una república anárquica, una caricatura de nación que le debe
            dinero a todo el mundo, con un ejército de caricatura, con  sólo  la  mitad  de  los  cuarenta  mil
            hombres que dice tener, y esos veinte mil, casi todos, indios bajados de la sierra a tamborazos,
            soldados de la leva, armados con mosquetas inglesas inservibles; vestidos con  uniformes
            harapientos: “Hay una guarnición mexicana que no ha podido mostrarse en Matamoros porque
            todos  los soldados carecen de ropa": ¿era mejor el ejército norteamericano; no, dicen los
            enemigos de la guerra de Polk, sólo tienen ocho mil hombres, carne de guarnición que nunca ha
            visto un combate, reos sin lealtad, desertores, mercenarios...que nos echen a los gringos, gritan
            del lado del río bravo en Chihuahua y Coahuila, los venceremos con nuestros aliados naturales, la
            fiebre y el desierto, con los esclavos liberados que se unan a nosotros, no crucen el río grande,
            dicen  los  enemigos  de  la guerra de Polk, ésta es una guerra esclavista, para aumentar los
            territorios sureños: río grande, río bravo, Texas lo reclama como su frontera, México lo niega, Polk
            ordena a Taylor moverse a ocupar la ribera del río, los mexicanos se defienden, hay muertos, la
            guerra ha comenzado, "¿Dónde?", reclama Abraham Lincoln desde el Congreso, "Que me digan
            exactamente dónde disparó México el primer tiro y ocupó la primera tierra", el general Taylor se
            ríe: él mismo es la caricatura de su ejército, usa pantalones blancos largos y sucios, una casaca
            agujerada y una faja de lino blanco, es pequeño, grueso, redondo como una bala de cañón y se
            ríe viendo que las bolas de los cañones mexicanos llegan rebotando al campo norteamericano del
            Arroyo Seco, sólo un cañonazo mexicano en mil da en el blanco: la carcajada es siniestra, divide
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