Page 116 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
de acres en Tamaulipas, William Randolph Hearst casi ocho millones de acres en Chihuahua,
ellos no vieron a los mexicanos que querían ver a México entero, herido, oscuro, manchado de
plata y engalanado de lodo, su vientre empedrado como el de un animal prehistórico, sus
campanas quebradizas como una copa de vidrio, sus montañas encadenadas las unas a las otras
como en una vasta prisión orográfica, su memoria temblorosa: México su sonrisa frente al pelotón
de fusilamientos. México su genealogía de humo: México sus raíces tan viejas que decidieron
mostrarse sin pudor, sus frutos estallando como estrellas, sus cantos quebrándose como piñatas,
hasta acá llegaron los hombres y mujeres de la revolución, desde aquí salieron, en la margen del
río grande, río bravo se detuvieron, mostrándole a los gringos las heridas que queríamos cerrar,
los sueños que necesitábamos soñar, las mentiras que debíamos expulsar, las pesadillas que
debíamos asumir, nos mostramos y nos vieron, fuimos una vez más los extraños, los inferiores,
los incomprensibles, los enamorados de la muerte, la siesta y el andrajo, amenazaron,
despreciaron, no comprendieron que al sur del río grande, río bravo, por un momento, en la
revolución, brilló la verdad que queríamos ser y compartir con ellos, distintos de ellos, antes de
que regresaran las plagas de México, la corrupción y el abuso, la miseria de muchos, la opulencia
de pocos, el desdén como regla, la compasión excepcional, igual que ellos; ¿habrá tiempo, habrá
tiempo, habrá tiempo? ¿habrá tiempo para vernos y aceptarnos como realmente somos, gringos y
mexicanos, destinados a vivir juntos sobre la frontera del río hasta que el mundo se canse, y
cierre los ojos, y se pegue un tiro confundiendo la muerte y el sueño?
LEONARDO BARROSO ¿De qué hablaba Leonardo Barroso un minuto antes? Casi le
escupía al celular, reclamando los gastos que le estaban ocasionando las bandas de asaltantes
de trenes, los émulos de Pancho Villa, ¡en pleno fin de milenio!, amontonando debrís afuera de las
terminales, robando los envíos de las maquilas al norte, contrabandeando trabajadores: ¿sabía
Murchinson lo que costaba detener un tren, investigar si había ilegales a bordo, mandar al carajo
los horarios, reponer las mercancías robadas, hacer que llegaran a tiempo los pedidos exportados
por la maquila a sus destinarios, cumplir con los compromisos, en una palabra? ¿En qué pensaba
Leonardo Barroso un minuto antes? La amenaza se había repetido esa mañana. Por celular. Los
territorios había que respetarlos. Las responsabilidades también. En cuestiones de narcotráfico
sólo hay latinoamericanos culpables, señor Barroso, mexicanos, colombianos, nunca
norteamericanos; ése es el eje del sistema, en los EEUU no puede haber un solo narcobarón
como Escobar o Caro Quintero, los culpables son los que ofrecen, no los que piden, en los EEUU
no hay jueces corruptos, ése es monopolio de ustedes, aquí no hay pistas de aterrizaje
clandestinas, aquí no se lava dinero, señor Barroso, y si usted cree que nos puede chantajear
revelando el pastel para salvar su propio pellejo y de paso quedar como un héroe de la patria, le
va a costar caro, porque aquí se juegan millones de millones, usted lo sabe y toda su estrategia
consiste en invadir territorios que no son suyos, señor Barroso, en vez de contentarse con las
migajas usted quiere apropiarse del banquete, señor Barroso... y eso no puede ser...
¿Qué sentía Leonardo Barroso un minuto antes? La mano de Michelina en la suya, él
buscando afanosamente el antiguo calor de la muchacha, sin encontrarlo, como si un ave
largamente acariciada y consolada hubiese terminado por asfixiarse, muerta de tanta caricia,
hastiada de tanta atención...
¿Dónde estaba Leonardo Barroso un minuto antes?
En su Cadillac Coupe de Ville, conducido por un chofer proporcionado por su socio
Murchinson, él y Michelina sentados atrás, el chofer conduciendo lentamente para alejarse de las
casetas y los zigzags inventados por la Migra americana para que los inmigrantes no pasaran
corriendo a riesgo de ser atropellados, Michelina diciendo quién sabe qué banalidades sobre el
chofer mexicano Leandro Reyes que se estrelló en el túnel ese de España, estrellado contra un
muchachito atolondrado de diecinueve años que venía en sentido contrario...
¿Dónde estaba Leonardo Barroso un minuto más tarde?
Acribillado, atravesado por cinco tiros de alta percusión, el chofer muerto en el volante,
Michelina milagrosamente viva, gritando histéricamente, llevándose las uñas a la garganta, como
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