Page 114 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
al río mismo, de allí en adelante todo es un paseo, a Nuevo México y a California, a Saltillo y a
Monterrey, de Veracruz a la ciudad de México: el ejército de Taylor pierde los pantalones rotos de
su comandante y gana la casaca abotonada de Scott, el general de West Point lo único que no
cambia es Santa Anna, el quinceuñas, el gallero, el tenorio, el que sabe perder un país a
carcajadas si su recompensa es una mujer bella y un rival político destruido, ¿los Estados
Unidos? De eso pensaré mañana. Masca chicle, entierra con honores su pata, ordena estatuas
ecuestres en Italia, se proclama Alteza Serenísima, México lo aguanta, México lo aguanta todo,
¿quién le ha dicho a los mexicanos que tienen derecho a ser bien gobernados? país botín, país
saqueado, país burlado, doloroso, maldito, precioso país de gente maravillosa que no ha
encontrado su palabra, su rostro, su propio destino, no manifiesto, sino incierto, humano, a
esculpir lentamente, no a revelar providencialmente: destino del río subterráneo, río grande, río
bravo, donde los indios escuchan la música de Dios.
GONZALO ROMERO A su primo Serafín cuando llegó oliendo todavía a basurero le dijo que
aquí en el norte había chamba para todos, de manera que Serafín y Gonzalo no se iban a pelear
por los territorios, más siendo primos, y más trabajando para ayudar a los paisas, pero sí le
advertía que ser asaltante del otro lado de la frontera era una cosa y una cosa peligrosa, eso no lo
intentaba nadie desde Pancho Villa y en cambio ser pasador como Gonzalo, lo que llamaban
coyote en California, pues era un trabajo hasta honorable, por decirlo así una de las profesiones
liberales como decían los gringos: reunido con sus colegas, unos catorce chavos como él de
veintitantos años, sentados en las trompas de los carros estacionados, esperando a los clientes
de esta noche, no los ilusionados que están en la manifestación frente al puente, sino los clientes
seguros que van a aprovecharse de la noche confusa de la frontera para hacer el paso a estas
horas y no de día como recomiendan los coyotes; se conocen de memoria el Río Grande, el Río
Bravo, El Paso, Juárez: no se van a lo más fácil de vadear, la cintura estrecha del río, porque allí
se juntan los rateros, los yonquis, los pequeños traficantes de droga, Gonzalo Romero tiene
organizada hasta una flotilla de balsas de hule para cruzar a los que no saben nadar, a las
mujeres preñadas, a los niños, cuando el río de veras se vuelve grande, de veras se vuelve bravo,
ahora está mansito y el paso va a ser fácil, además todos están distraídos con la famosa
manifestación, no se darán cuenta, vamos a pasar de noche, somos profesionales, sólo cobramos
cuando el trabajador llega a su destino y entonces —le dijo Gonzalo a su primo Serafín— todavía
hay que repartirse la ganancia con choferes y administradores de lugares seguros, y a veces hay
gastos de teléfono y de avión, vieras todos los que apuntan a Chicago, a Oregon, porque allí hay
menos vigilancia, menos persecución, no hay leyes como la 187, un pueblo entero de Michoacán
o Oaxaca junta todos sus ahorros para que uno de ellos pueda pagar mil dólares y llegar en avión
a Chicago: —¿Qué sacas de esto, Gonzalo?
—Pues unos treinta dólares por persona.
—Mejor únete a mi banda —rió Serafín—. Te lo juro por tu madre que allí está el futuro.
La confusión de la noche apremiada y fría le permitió a Gonzalo Romero pasar a cincuenta y
cuatro trabajadores. Sólo que ésta fue la noche de malas y más tarde, en su casa de Juárez con
los hijos y la mujer de Gonzalo, llorando todos, el primo Serafín comentó que cuando todo parece
tan fácil hay que estar precavido, seguro que algo va a chingarse, es la ley de la vida y el que crea
que todo le va a salir bien todo el tiempo pues no pasa de ser un gran tarugo, dicho sea sin
ofender al malogrado primo Gonzalo.
Fue como si esta noche los empleadores texanos se hubieran puesto de acuerdo para joder a
la gente que pasa, atizados por la manifestación de brazos levantados, y de los cincuenta y cuatro
reunidos por Gonzalo Romero junto a una gasolinera en las afueras de El Paso, los contratadores
desde su troca dijeron primero que eran demasiados, ellos no podían contratar a cincuenta y
cuatro mojados, aunque los que quisieran trabajar a un dólar la hora, pues serían aceptados y
aunque les hubieran dicho que les darían dos dólares la hora, todos levantaron la mano, y
entonces los contratadores dijeron, no, son muchos todavía, a ver cuántos se vienen con nosotros
por 50 centavos la hora. Como la mitad dijo que estaba bueno, la otra mitad se quedó azorada,
empezó a encabronarse, pero el empleador les dijo que se regresaran pronto a México porque él
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