Page 427 - La Era Del Diamante - Neal Stephenson
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los deliciosos bocados que se encontraban dentro


              de  aquella  concha  armada.  Él  también  debía  de


              estar  hambriento,  y  sin  duda  sus  bocados  eran


              menos  gruesos  y  deliciosos  cada  día.  De  vez  en


              cuando encontrábamos algún lugar protegido en el

              que plantas verdes desconocidas sacaban tallos a


              través  de  los  restos  grises  y  negros,  y  nosotros


              animábamos  a  Ankylosaurio  para  descansar,


              tomarse su tiempo y comer todo lo que quisiese.


                  —¡No, en serio! ¡No nos importa esperar por ti!


              —Siempre  fijaba  sus  pequeños  ojos  laterales  en


              nosotros, y nos miraba siniestro mientras pastaba.


                  —¿Cómo fue la cena, Anky? —le decíamos.

                  Él murmuraba algo como:


                  —Con sabor a iridio, como siempre. —Y luego


              pasaba  otro  par  de  días  sin  intercambiar  una


              palabra.


                  Un  día  llegamos  al  borde  del  mar.  El  agua


              salada golpeaba una playa sin vida moteada por


              los  huesos  de  criaturas  marinas  extinguidas,


              desde pequeños trilobites hasta plesiosaurios. A


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