Page 372 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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todavía otro sonido, una vez más de piedras que se venían
abajo, pero en la inmediata cercanía. Que no logré levantarme
y a duras penas podía abrir los ojos, porque me costaba un
gran esfuerzo. Que creí atisbar en la negrura, allí donde
terminaba la luz que aún brillaba en los rescoldos de nuestra
hoguera, una figura de estatura y anchura de hombros
inimaginable, cuyos contornos se asemejaban a los de un ser
humano, pero con una cabeza extrañamente baja que parecía
pegada a los hombros.
Que a la mañana siguiente hallamos a Pedro Lazuen en
el mismo lugar donde había dormido y que su cráneo estaba
totalmente destrozado, como si hubiera pasado bajo una
piedra de molino gigante, y que de éste no había quedado
nada salvo la sangre y las astillas del hueso. Que no pudimos
hallar las armas con las que le habían abierto la cabeza ni
ningún otro rastro del malvado.
Que, en vez de la pequeña oquedad que los soldados
habían abierto el día anterior en la pared, había un enorme
agujero por el que habría podido pasar un hombre alto sin
tener que agacharse. Que después de lo sucedido con Pedro
Lazuen nadie se atrevió a entrar en el templo y que tan sólo
fray Joaquín, después de regañar a todos los otros por su
cobardía, subió por la escalera.
Que, entretanto, los demás se aconsejaban y exhortaban
entre sí a abandonar en seguida aquel lugar maldito. Que
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