Page 367 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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de vivos colores con lazos brillantes, y se veían más
caras sonrientes de lo habitual. Al pasar enfrente de un
puesto en el que se vendían arbolillos de Año Nuevo,
me detuve a echar una ojeada. No sabría explicar cómo
es posible que de pronto me asaltara el deseo de
comprarme uno y de adornarlo con la guirnalda de
luces y la bombilla grande que aún guardaba.
Probablemente quería calentarme con su simpática luz
y protegerme de mi angustia cada vez más intensa, y de
la soledad que se me hacía dolorosamente evidente los
días de cumpleaños y Nochevieja. ¿Y si esa Nochevieja
era la última?
Antes de meter el arbolillo en el maletero de un taxi
pirata, compré varios periódicos del día en un quiosco.
Gigantescos titulares suscitaban el pánico. Fotografías
de casas de cinco pisos que se habían venido abajo
ocupaban las primeras páginas. Resultó que el temblor
de tierra moscovita no había sido más que un pálido
eco de una catástrofe mucho mayor. Había afectado
sobre todo a Irán. Decenas de miles de muertos tan sólo
en Teherán, cientos de miles por todo el país...
El Moloc ganaba fuerzas y no había nadie capaz de
detenerlo. Yo, al menos, comprendía su verdadera
naturaleza, sabía interpretar los acontecimientos, podía
imaginarme lo que nos iba a suceder y si nos era posible
salvarnos. Tal vez tuviera ya en mis manos la clave.
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