Page 403 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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se convocaría un juicio universal, ni se distinguiría
entre justos y pecadores, ni habría resurrección, ni
Edén, ni Infierno; a todos nos esperaba tan sólo el final
de nuestra existencia.
Los profetas bíblicos habían disfrazado la realidad.
Y los sabios barbudos de los musulmanes se habían
dejado engañar igual que los teólogos cristianos. Todo
iba a suceder de una manera anodina.
Los temblores de la tierra se volverían cada vez más
severos, hasta que un cataclismo global haría pedazos
los continentes y éstos se hundirían en las
profundidades del océano.
Los niños que jugaban con las arenas de la playa
podían reforzar las fortificaciones de sus castillos, abrir
canales para el agua y construir muros con baldosines.
Todos sus artificios de ingeniero aguantarían tan sólo
hasta que la próxima inundación se los llevara por
delante, con absoluta indiferencia, como a los
rascacielos taiwaneses. En comparación con el poder
primigenio de los océanos, el ser humano era un piojo,
y por ello las ciudades norteamericanas desaparecerían
bajo las masas de agua salobre igual que las japonesas,
las alemanas y las rusas. Y entonces abriría los brazos
en su impotencia el omnipotente, el ministro semejante
a Dios, Sergey Kochubeyevich Shaibu.
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