Page 399 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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tosca nieve de imitación y examiné las guirnaldas de
bombillas. Como de costumbre, necesité mucho tiempo
para poner bien el soporte del árbol, pero disfruté con
la tarea. En la radio se oía una canción pop de
actualidad. La voz era de una rubia siliconada sin
ninguna clase de talento y con nombre de perro, pero
en vez de arrugar la frente y cambiar la emisora canté al
unísono con ella. Entoné sin fatigarme la docena de
palabras que se sucedían sin gracia alguna en la
melodía simplona del estribillo y que trataban del amor
terreno, y lo hice con el mismo celo con el que un monje
budista habría repetido sus mantras más secretos. Y,
mientras los adornos de Nochevieja a los que había
sacado de nuevo el brillo pasaban por mis dedos como
un rosario, sentí que me serenaba.
Por primera vez en varios años, me lamenté
sinceramente de no tener televisor. Por el mismo
motivo por el que siempre me había negado a
comprarlo: porque era un ingenio capaz de transformar
la conciencia humana, e incluso de sustituirla.
Combatía el sentido crítico mediante tertulias políticas,
vendía felicidades ostentosas y la histeria sincronizada
de estrellas de culebrones para reemplazar las
emociones verdaderas, y a fuerza de telediarios
ahogaba el genuino deseo de saber. Pero ese día me
asaltó el deseo de que aquel aparato anulara mi
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