Page 401 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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bombillas, las bolas de colores y las canciones
descerebradas me hubiesen ayudado a encerrar los
acontecimientos del día en una mazmorra oscura oculta
en mi memoria. Pero entonces empezaron a arañar la
puerta con fuerza y descaro cada vez mayores, me
exigieron que les prestara atención, me prometieron
que me recompensarían por ello, que me abrirían los
ojos, que me comunicarían secretos...
No importaba lo que hiciese. Aunque me tapara los
oídos, cerrara los ojos y chillara: «¡No veo nada! ¡No
oigo nada!», la pesadilla continuaba, y de nada servía
que quisiera tomar parte en ella o no, que comprendiera
o no mi papel en ella. La tierra seca y polvorienta de
Irán había bebido sangre, pero era obvio que no había
saciado su sed. El océano que en escasos minutos había
sumergido centenares de rascacielos taiwaneses y había
arrastrado consigo a decenas de millares de vidas
humanas parecía haber despertado de un sueño de
milenios. Las placas tectónicas habían puesto en marcha
el Apocalipsis, como si hubieran sido las ruedas
dentadas de un mecanismo, y empujaban aquella
monstruosa muela de molino que reducía a polvo
ciudades, países y naciones enteras. Poco importaba
que pudiera tratarse del fin del mundo, o tan sólo del
de una época en la historia de nuestro planeta: el ser
humano no estaba mejor preparado para ello de lo que
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