Page 504 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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hallaban al final de la sala encontré otra estancia no más
pequeña que llevaba como título «Conquista». A su
entrada, dos soldados españoles con peto y yelmo
recibían al visitante. Empuñaban alabardas y arcabuces,
y en sus ojos centelleaba el recelo, por lo que procuré
pasar entre ellos con la máxima celeridad. De una de las
paredes colgaba un gigantesco retrato de fray Diego de
Landa... idéntico en todo al que había visto en el libro
de Yagoniel. Desde la pared de enfrente, un torvo
Hernán Cortés lo miraba a los ojos.
También allí había cosas por ver: una maqueta de la
capilla de Maní, acompañada por un menudo y
conmovedor auto de fe; escenas de combate entre
conquistadores españoles a caballo y atacantes indios;
la primera edición de la Relación de las cosas de Yucatán
que había escrito el guardián del monasterio de Izamal.
Poco a poco me di cuenta de que ya era hora de seguir
adelante.
Al final de la exposición dedicada a la conquista se
hallaba una discreta puerta. La abrí y salí a un corredor.
Sobre la pared de enfrente colgaban dos indicadores
con sus respectivas flechas: «Administración» y
«Panteón». Seguí la primera y no tardé en llegar a una
puerta sobre la que había un letrero en el que se leía:
«Director». Tiré del picaporte —la puerta estaba
cerrada— y regresé al punto de partida. Tan sólo me
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