Page 499 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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igual que se conoce la existencia de una línea secreta de
metro reservada al gobierno y la de varios reactores
nucleares que funcionan en el centro de la ciudad.
Una parte del pavimento estaba muy agrietada. Las
casas que se alineaban a uno y otro lado no habrían
podido ser más diversas. Me pregunté cómo podían
estar las unas junto a las otras. Había auténticas granjas
con vigas de madera ennegrecidas por el paso del
tiempo; mansiones como las de los hombres de
negocios del antiguo Moscú, con la típica moldura de
remate de fachada de color blanco; toscos barracones
con tejado en pendiente y largas hileras de ventanas
pequeñas; y luego, de pronto, casas de estilo colonial,
extrañamente abigarradas y con postigos azules, como
si las hubieran sacado de una postal cubana y las
hubieran trasplantado allí; y finalmente, al lado de
éstas, los monolitos de cinco pisos en los que había
vivido la élite del partido, con habitaciones de cuatro
metros de altura. Los adoquines sobre los que pisaba
dieron paso sin solución de continuidad a baldosas de
hormigón y luego a asfalto ordinario.
No había nadie por la calle, pero en muchas de las
ventanas se veía luz y se reconocían siluetas humanas.
Era como si hubiese entrado en un inacabable teatro
para sombras chinescas y pasara de un escenario a otro.
Se oía música, desde «Río Rita» hasta las canciones
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