Page 505 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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quedaba ir al «Panteón».
Parecía el pasillo de un edificio oficial, o de un
instituto de investigación. A lo largo de la pared
pintada de beige se sucedían inacabables despachos con
rótulos como «Ah Kin», «Bolon Zacab», «Ek Chua»... En
algunos se leían incluso tres o cuatro nombres distintos.
Pero todos ellos estaban cerrados. Seguí adelante y
llegué a contar como mínimo un centenar de nombres,
hasta que, por fin, encontré una puerta de ascensor. Al
lado del viejo botón transparente en el que se encendía
una luz roja al pulsarlo, estaba grabado el nombre
«Itzamná».
El ascensor era una antigualla, con puertas de
madera que se plegaron al abrirse. Cuando estuve
dentro, se oyó un rumor, y se encendió una bombilla
débil y acogedora, oculta por una pantalla redonda.
Había un solo botón y ningún número. Bueno, así no
podría equivocarme.
Mientras la máquina ascendía de forma renqueante,
traté de calcular cuántos pisos tendría el museo. Quizá
ocho, o, como máximo, diez.
Al cabo de tres, de cinco, e incluso de veinte
minutos, el oxidado mecanismo aún chirriaba y la
cabina del ascensor aún ascendía. La bombilla se apagó
en varias ocasiones y volvió a encenderse. Yo ya no
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