Page 501 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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Probablemente acababa de entrar por la puerta
trasera del «Templo de la Memoria» en honor de la
fallecida titiritera que el ayuntamiento moscovita había
inaugurado poco antes con gran pompa. Era evidente
que la construcción del edificio había durado una
eternidad: el aire que se respiraba en los inacabables y
resonantes corredores olía a moho. No a pintura, ni a
dinero, como en la mayoría de los proyectos
arquitectónicos más codiciados en la actualidad, sino a
polvo de libros, y a tela vieja, como la de los telones de
teatro y los viejos sillones de felpa. Quizá fuese el olor
de las exposiciones.
La única luz provenía de las lámparas de cristal que
colgaban del altísimo techo, y en las que tan sólo debía
de arder una cuarta parte de las bombillas. En las
paredes revestidas de granito se encontraban, cada
cincuenta metros, puertas en arco por las que se accedía
a las salas. La falta de luz impedía ver lo que había al
otro lado. Imponentes placas de bronce indicaban el
nombre de las respectivas salas: «Primeros pasos»,
«Jardín de infancia», «¡Escuela, ya voy!», «El orgullo de
la clase», y demás.
Seguí adelante hasta una bifurcación en el pasillo.
Hacia la izquierda había un corredor con el rótulo: «La
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